En los últimos días el fervor futbolístico ha rebasado todo pronóstico. Lo mismo en las plazas públicas que en los estadios, los mexicanos han dado rienda suelta al festín. Incluso, sin ser exclusivos con los triunfos del tricolor, lo mismo pasa cuando otra selección juega, el motivo es suficiente para salir a las calles a mostrar un fervor desmedido.
Los puritos podrían decir que un deporte, el fútbol en este caso, tiene mucho de enajenante por todo el aparato de marketing que converge en su entorno, que la FIFA utiliza -con éxito- una serie de mecanismos para lograr un interés primario en la justa mundialista y que por más que uno trate de abstraerse, no se puede “remar contra corriente”.
Sea como sea, lo que me gustaría resaltar es aquel cambio de escenario que hasta hace poco era parte de una especie de maldición. Porque cuando se trataba de este deporte, todos los fantasmas de nuestra idiosincrasia parecían jugar en nuestra contra.
Hablo de aquellas etiquetas que por desgracia están presentes en nuestra cultura popular. Esa idea de que somos mediocres, de que no podemos ganar, de que nos hacemos chiquitos en los momentos que reclaman fortaleza y tesón.
Esos estigmas persiguieron a más de una generación. Al menos en la mía, era frecuente encontrar estas justificaciones que, por desgracia, asumimos como ciertas y eran parte de una carga que teníamos que asumir.
Quizá por eso, los escasos triunfos en el deporte, las artes, la educación, por citar algunas actividades que reclaman esfuerzo y dedicación. Porque por anticipado nos sabíamos portadores de una especia de maldición.
Lo que puede recuperarse de estos tiempos es que nuestro nivel de competencia parece romper paradigmas. Y digo parece porque todavía es temprano para asegurar que hay un cambia radical en la mentalidad de los mexicanos. Pero, al menos, en la expectativa no resulta exagerado situarnos en una posición ganadora.
Acostumbrarse a ganar, sobresalir, ser competitivo o dejar una huella se está convirtiendo en una regla y no en una excepción. Lo cual, al menos para este texto, es una buena noticia. Representa un inicio prometedor para las generaciones que vienen.
Es probable que este ánimo esté siendo inducido por una serie de triunfos que no representan en su totalidad lo que se quiere decir. Pero los pequeños momentos de goce también son limitados en esta nación.
De tal manera, que considero válido exagerar porque – como se dijo antes – hay que dejar que triunfe el optimismo sobre lo negativo que ha nublado nuestra visión desde hace años. Se trata, pues, de derrochar algo de soberbia en estos tiempos de tanta alegría deportiva.
Decir, además, que una porción de altivez está justificada. La situación lo amerita. Perdón si en el pecado llevo la penitencia y en unos días regresamos a la triste realidad deportiva, que nos lleva al lugar marginal de siempre. Pero por ahora, solo por unos minutos es válido pensar en grande.
Ojalá que este momento sea el punto de arranque para extirpar esas cargas que se fueron acumulando y que muchos las tomaron como ciertas. Ese enunciado simple y concreto dice mucho ¿Y si, sí?
