Las dos principales instituciones encargadas de definir la política económica del país, hoy tienen visiones completamente distintas sobre el crecimiento económico esperado para México.

Por un lado, el Banco de México, responsable de la política monetaria, ajustó su pronóstico de crecimiento para 2026 de 1.6% a 1.1%, realizando un recorte importante después de observar el desempeño de la economía durante el primer semestre del año.

Por el otro, la Secretaría de Hacienda, encargada de la política fiscal, mantiene sin cambios su expectativa de crecimiento de 2.3%.

Más de un punto porcentual separa ambas proyecciones.

Entonces surge la pregunta obligada: ¿quién no está viendo la realidad económica del país?

Los especialistas del sector privado parecen tener la respuesta. Más de 40 instituciones —entre bancos comerciales, casas de bolsa, grupos financieros, consultoras económicas, universidades y centros de investigación—, coinciden con el pronóstico del Banco de México y estiman un crecimiento cercano al 1.1%.

¿Entonces qué realidad se niega a reconocer la Secretaría de Hacienda?

Basta observar la inversión privada. Aunque el Gobierno Federal presume una cifra récord de 23.5 mil millones de dólares de Inversión Extranjera Directa, omite mencionar que el 94.2% corresponde a reinversión de utilidades. Es decir, son empresas que ya operaban en México y simplemente decidieron reinvertir parte de sus ganancias. La llegada de nuevas inversiones sigue siendo muy limitada.

La razón principal es sencilla: nadie invierte cuando desconoce cuáles serán las reglas del juego. Mientras el futuro del T-MEC continúe rodeado de incertidumbre, muchas decisiones de inversión permanecerán congeladas.

Y, desafortunadamente, los principales obstáculos para un nuevo acuerdo no son económicos, sino de seguridad. El combate al narcotráfico y las exigencias de resultados por parte de Estados Unidos, siguen dominando la agenda bilateral.

A ello se suma el conflicto en Medio Oriente, que continúa presionando la inflación por la vía más sensible: los energéticos. Mientras persista la incertidumbre geopolítica, también se desacelerará la economía estadounidense. Y cuando Estados Unidos crece menos, México inevitablemente también lo hace.

En otras palabras, enfrentamos una combinación poco favorable: una economía que crece lentamente mientras el costo de vida sigue aumentando. Lo más preocupante es que la solución de esos factores externos no depende del Gobierno mexicano.

Pero tampoco podemos ignorar los problemas internos. La inseguridad, la elevada informalidad laboral, la inflación persistente, los conflictos sociales y la incertidumbre institucional, continúan debilitando la confianza y frenando la inversión, opacando incluso el impulso económico que representa la Copa del Mundo de 2026 para sectores como el turismo y el consumo.

Todo ello confirma que quien necesita ajustar su visión económica es la Secretaría de Hacienda.

Sin embargo, reconocerlo implicaría aceptar que las expectativas oficiales estaban sobreestimadas y, con ello, desmontar uno de los principales discursos económicos del Gobierno Federal.

Porque el verdadero problema no es pasar de una expectativa de crecimiento de 2.3% a 1.1%.

El verdadero problema es que México volverá a crecer por debajo de su potencial, acumulando otro año más de bajo dinamismo económico.

Y esa realidad difícilmente cambiará mientras no se atiendan los problemas estructurales que frenan la inversión, la productividad y la competitividad del país.

Lo más preocupante es que el Gobierno Federal parece decidido a seguir ignorándolos.

Porque, cuando los datos contradicen el discurso, no cambia la realidad; únicamente cambia la narrativa.

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