Hace algunos años, el cambio de dirigencia dentro del Partido Revolucionario Institucional, generaba toda una efervescencia política. No era para menos, en juego se encontraba un eslabón fundamental del régimen dominante.
Dentro de la cúpula del PRI se encumbraron carreras sobresalientes en la vida pública. Pasaron por ahí, gobernadores, secretarios de Estado, dirigentes sindicales, entre otros. Lo cierto, es que aquel lugar era exclusivo para lo más granado de la política nacional.
En el ámbito local la historia se repetía. Por ahí pasaban lista los liderazgos consolidados capaces de ponerle orden a una maquinaria invencible que, en el caso del estado de Hidalgo, no solo ganaba sino arrasaba en las elecciones.
No obstante, toda aquella parafernalia quedó en el pasado. Ahora los escasos cuadros priístas no tienen más que nostalgia. Sus militantes y simpatizantes se han reducido a una mínima expresión, donde la elección de sus dirigentes no genera ningún entusiasmo.
Quizá por eso, el proceso de renovación del Comité Directivo Estatal en Hidalgo ha pasado de noche. Nadie ha mostrado interés para seguir la competencia de los grupos al interior, porque simplemente no existen.
Es decir, hay un elemento crucial que explica la debacle del partido que fundó Plutarco Elías Calles y que se resume con el secuestro del Comité Nacional por parte de Alejandro Moreno.
Esa cerrazón por parte de los dirigentes nacionales se refleja en lo local. Y una muestra es que el mismo grupo de Alito, es el que tiene el control del priísmo hidalguense que se distinguía por ser uno de los más influyentes a nivel nacional.
De eso no quedó nada. Solo algunos vicios muy marcados como el que ahora reproduce el actual presidente del PRI estatal, Marco Antonio Mendoza, que se separó del cargo solo para volver a competir por el mismo espacio y que en su intento (léase simulación), pueda ocupar la narrativa democrática de no influir en el proceso desde una posición privilegiada.
El también diputado local plurinominal no debería de fijarse en aquellos detalles. Es muy probable que sus militantes tengan claridad que ese ejercicio, es más un trámite que una oportunidad para competir.
Sus leales (que para sorpresa de muchos todavía existen), están claros que sean quien sea el dirigente tricolor en el estado su influencia en las decisiones es nula, solo cosmética porque como se ha comentado todo emana desde un grupo selecto a nivel nacional.
De hecho, y para ilustrar un poco el universo de acción de este instituto, hay que recordar que de 84 municipios el PRI solo gobierna en El Arenal. Esa demarcación según el INEGI, tiene una población total de 19 mil habitantes. En el estado de Hidalgo somos más de 3 millones. De tal manera, que si realizamos una proporción sencilla, el tricolor gobierna al 0.6% de la población actual.
Quizá por ello, lo que ocurra en la cúpula del priísmo tiene sin cuidado a un universo muy amplio de personas. En este contexto, el líder del PRI influye muy poco en la vida pública. Sin embargo, el escenario podría cambiar a largo plazo. Porque las olas del poder son cíclicas y la desgracia de unos suele ser el abono de otros.
Por ende, la crisis de otros partidos (Morena, con mayor énfasis) puede ser oxigeno puro para los que se daban por muerto al partido que todavía respira y puede resurgir de sus cenizas. No sería la primera vez que lo hace.
