Por Aarón Jiménez

La reciente realización de las «Jornadas por la Paz» en nuestro municipio, con la presencia del secretario de Gobierno, Guillermo Olivares Reyna, ha servido como un termómetro social indispensable. Estos ejercicios de apertura y escucha directa, coordinados desde el Gobierno Estatal, son fundamentales para auscultar las necesidades de la población. Sin embargo, este ejercicio también ha servido de contraste para evidenciar una realidad interna que no podemos pasar por alto: la fragilidad administrativa de nuestra gestión municipal.
​A casi la mitad de la actual administración, el gobierno local acumula una rotación constante en áreas sustantivas: CAAMT, Seguridad Pública, Tesorería, Comunicación Social y el área jurídica.
Más allá de las personas, este fenómeno debe analizarse con seriedad desde la teoría de la gobernanza y la economía de los costos de transacción. Cada relevo en un puesto clave equivale a meses de curva de aprendizaje, revisión de contratos y proyectos paralizados.
Es un «impuesto invisible» que paga la ciudadanía cuando la administración se convierte en una serie de reinicios constantes.
​La paz social no puede ser un concepto abstracto ni un evento aislado; es el resultado tangible de instituciones que funcionan. Mientras el Gobierno Estatal extiende la mano con una estrategia clara y voluntad de escucha, el gobierno de Tulancingo parece caminar en dirección opuesta, atrapado en una inercia administrativa que limita su capacidad de respuesta.
¿Cómo pretendemos garantizar la sostenibilidad de programas sociales o la eficacia en la prevención del delito si las áreas responsables operan bajo una rotación permanente de mandos?
​La gobernabilidad no se decreta, se construye a través de la estabilidad. Un gobierno que dedica la mayor parte de su energía a corregir sus propios errores de procedimiento o a gestionar crisis internas, no es un gobierno que esté innovando o transformando la realidad.
La ciudadanía merece certeza, no la incertidumbre que genera la falta de profesionalización del servicio público.
​La presencia del Secretario de Gobierno en Tulancingo debe ser el recordatorio de que nuestra ciudad no está sola, pero también debe ser un espejo de lo que nos falta alcanzar: la capacidad de consolidar equipos técnicos que permanezcan, que conozcan el territorio y que tengan la legitimidad para transformar las demandas sociales en políticas públicas duraderas.
Tulancingo no puede permitirse el lujo de la improvisación. La verdadera madurez política consiste en trascender la coyuntura para dotar a la administración de una columna vertebral robusta. Es momento de dejar de gestionar los «ajustes de gabinete» para comenzar a gestionar, con rigor y estabilidad, los resultados que nuestra gente exige.
La gobernabilidad comienza en casa, y es ahí donde debemos recuperar el paso. Sigamos construyendo el Tulancingo que nos merecemos. Te invito a seguir este espacio de análisis.r
Facebook. @AaronJimenezH
Instagram. @ImaginaTulancingo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *