En 1992, el autor Carlos Cuauhtémoc Sánchez escribió una novela de superación personal que se convirtió en una referencia de la literatura de ese género. Aquel libro muy vendido en el país, que lleva como título el de la presente entrega, abordaba una complicada situación familiar caracterizada por la violencia, el maltrato y hostilidad.
No es casual que la portada de aquel Best Seller, utilizara una pintura titulada “El grito” (Skrik), creada en 1893 por el artista noruego Edvard Munch. Esta obra del arte moderno, representa la angustia existencial y el miedo profundo a través de una figura con las manos en el rostro sobre un puente y un cielo rojo sangre.
Las dos son buenas referencias para hablar de lo ocurrido con dos representantes populares en días pasados. Me refiero al conato de bronca que protagonizaron los diputados Arturo Ávila Anaya (Morena) y Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla (PRI) en el Patio del Federalismo del Senado de la República.
Este bochornoso episodio tiene múltiples aristas; se puede abordar desde el contexto de polarización política que atraviesa el país previo a un año electoral, desde una escala de violencia verbal entre estos dos partidos que tenía que escalar (tarde o temprano) a la violencia física, o bien, desde una estrategia de comunicación planeada y deliberada.
Vale la pena explorar cualquiera de estas lecturas, pero me parece más atractivo abordar el tema desde la óptica de la comunicación. Porque resulta claro que el PRI ha endurecido no solo su narrativa política sino su comportamiento en los eventos públicos.
Cada vez y con mayor frecuencia, sus escasos activos muestran una actitud hostil ante sus adversarios. Al grado de parecer que esa es la línea de acción que los va a definir en los próximos tiempos.
Buscan a como dé lugar incomodar, sacar de quicio, ser imprudentes, empujar, increpar, llevar al límite los debates para tratar de abonar al mal humor social y después traducir en votos toda esa insatisfacción.
La fórmula –para algunos- no parece tan errónea. Pero algo me dice que en el camino se puede descomponer. Porque en estos menesteres, es muy difícil pensar en línea recta. En política, la lógica no siempre obedece dichos estándares.
En otras palabras, si (A + B = C), entonces por las propiedades lógicas de la igualdad matemática, se deduce de forma directa que (C – A = B) y que (C – B = A). Si se resta o suma un mismo valor a ambos lados, la validez de la ecuación se mantiene intacta.
Pero estos patrones no son propios de la vida pública. Acá es probable que esta escalada de violencia que pretende instrumentar el PRI se salga de control. Porque algo que desecha la sociedad es la confrontación en cualquiera de sus manifestaciones.
En un contexto violento que ya se volvió cotidiano, lo que espera la gente de sus políticos son acuerdos, negociaciones y consensos que permitan hacerle frente a los grandes problemas del país. Lo que menos quiere, por tanto, son pequeños espectáculos que alimentan el odio y la confrontación.
