Con el recuerdo de las ánimas solas como punto de partida, este viernes 30 de octubre comienza formalmente la celebración de Todos Santos en el Valle de Tulancingo, una de las tradiciones más arraigadas de la región que combina el sentido espiritual con una intensa actividad comercial y gastronómica.
Desde muy temprano, cientos de familias acuden al tradicional tianguis de los jueves para adquirir lo necesario para las ofrendas.
La flor de cempasúchil y la nube, las veladoras, el copal, el papel picado, las calaveras de azúcar y la fruta de temporada llenan los puestos de la también llamada Plaza Grande, que durante esta celebración se convierte en uno de los espacios comerciales de mayor movimiento del año.
Los precios varían según los productos y las cantidades adquiridas.
Sin embargo, comerciantes estiman que las familias destinan entre mil y cinco mil pesos o incluso más para preparar sus ofrendas y adquirir los ingredientes de los platillos tradicionales.
En los hogares tulancinguenses, recibir a los difuntos también significa compartir con los vivos.
El mole de guajolote, el chocolate caliente y espumoso y el pan de muerto recién horneado forman parte de los alimentos que se ofrecen a familiares y visitantes que acuden a acompañar los rezos frente al altar.
Esta primera fecha tiene un significado especial porque está dedicada a las ánimas solas, aquellos difuntos que ya no cuentan con familiares que les coloquen una ofrenda, cuyos nombres se han perdido con el tiempo o que murieron sin recibir el consuelo de una oración.
De acuerdo con la tradición, este recibimiento busca mantener viva su memoria y recordar que ninguna alma debe quedar en el olvido.
Por ello, en numerosos hogares comienzan a instalarse los altares y a encenderse las primeras veladoras, que sirven de guía para el retorno de las almas.
La creencia señala que los difuntos regresan para reencontrarse con los aromas y sabores que disfrutaron en vida.
Así, entre el aroma del copal, el color del cempasúchil y el bullicio de la Plaza Grande, Tulancingo inicia el ciclo de Todos Santos.
Una celebración que trasciende los altares y se extiende a los mercados y las cocinas, donde la memoria, la fe y la convivencia familiar mantienen vigente el vínculo entre quienes partieron y quienes los esperan.
