Por Luis G. Ortiz

Vivimos en una época en la que la política parece medirse por la capacidad de dominar la conversación pública.

Las redes sociales, las conferencias de prensa, las encuestas y los titulares marcan el ritmo del debate nacional. Todos los días surge una nueva polémica, una confrontación y una nueva tendencia. Sin embargo, entre tanto ruido, vale la pena detenernos y hacernos una pregunta que pocas veces ocupa el centro de la discusión: ¿estamos evaluando a nuestros gobernantes por su popularidad o por los resultados que entregan?

La popularidad es parte de cualquier democracia. Un gobierno necesita respaldo ciudadano para impulsar su proyecto y mantener la confianza de la población. El problema surge cuando la percepción comienza a pesar más que la realidad y cuando la comunicación política termina por sustituir a la eficacia gubernamental.

Hoy México enfrenta desafíos que no admiten improvisaciones. La inseguridad continúa siendo una de las principales preocupaciones de millones de familias; la economía necesita generar más y mejores oportunidades; el sistema de salud sigue enfrentando importantes retos, y la educación debe responder a un mundo cada vez más competitivo. Ninguno de estos desafíos se resolverá con un discurso acertado o con una tendencia en redes sociales. Todos requieren planeación, capacidad de ejecución y una visión de largo plazo.

La historia política demuestra que la popularidad nunca ha sido garantía de un buen gobierno. Los gobiernos no son recordados por el número de seguidores que tuvieron ni por las encuestas que encabezaron durante su mandato. Son recordados por las decisiones que tomaron, las instituciones que fortalecieron y los problemas que fueron capaces de resolver. El tiempo suele ser el juez más exigente de cualquier administración.

Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en quienes gobiernan. Como sociedad también debemos preguntarnos qué tipo de política estamos premiando. Si privilegiamos el espectáculo sobre las soluciones, la confrontación sobre el diálogo y la imagen sobre los resultados, difícilmente podremos exigir una política distinta.

Una democracia madura requiere ciudadanos críticos, informados y capaces de evaluar con objetividad, más allá de las simpatías o diferencias ideológicas.

Gobernar nunca ha sido una tarea sencilla. Hay decisiones que generan aplausos inmediatos y otras que, aunque sean necesarias para el futuro del país, implican asumir costos políticos en el presente. Ahí radica la diferencia entre administrar el momento y construir un legado.

La popularidad puede ganar elecciones; los resultados construyen el futuro del país. Esa ha sido la lección de la historia y seguirá siéndolo. La pregunta es: ¿México necesita gobernantes populares o gobiernos que den resultados?

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