“La economía del país va viento en popa, se acelera y México se acerca a Japón en estabilidad económica”, aseguró la presidenta Claudia Sheinbaum.

Durante una de sus conferencias matutinas presentó 12 indicadores económicos con los que, afirma, se confirma la solidez del llamado segundo piso de la Cuarta Transformación.

Entre ellos destacó que México se encuentra entre los diez países más atractivos para la inversión extranjera directa; que lidera a los países de la OCDE en crecimiento del salario mínimo desde 2018; que registra la segunda tasa de desempleo más baja del organismo, solo por debajo de Japón; un récord de 22.7 millones de empleos formales; el salario base de cotización más alto de la historia, con 669 pesos diarios; exportaciones récord hacia Estados Unidos por 839 mil millones de dólares, que consolidan a México como su principal socio comercial; exportaciones totales por 723 mil millones de dólares; un incremento de 5.9% en la inversión fija; un crecimiento de 2.1% en el consumo privado; una tendencia ascendente de la actividad económica e industrial y una inflación de 3.6%, la más baja de los últimos ocho meses.

Con estos datos, el Gobierno Federal busca desacreditar las advertencias que especialistas nacionales e instituciones internacionales han realizado sobre el rumbo de la economía mexicana.

Sin embargo, una revisión más amplia del panorama muestra una realidad distinta.

La inversión extranjera directa representa apenas una fracción de la inversión total del país y, de acuerdo con las cifras más recientes, la inversión fija bruta acumuló una caída cercana al 7%. Además, buena parte de la inversión extranjera que hoy presume el Gobierno, corresponde a reinversión de utilidades, es decir, recursos de empresas que ya operaban en México y no necesariamente a la llegada de nuevos capitales.

Por otra parte, más del 50% de la población ocupada trabaja en la informalidad, sin acceso a seguridad social, vacaciones, Infonavit o una pensión.

La inflación puede haber moderado su ritmo de crecimiento, pero el costo de vida sigue siendo elevado. Basta acudir al supermercado o al mercado para comprobar que la canasta básica continúa presionando el bolsillo de millones de familias. A ello se suma que el precio de los combustibles permanece lejos de la promesa de campaña de reducirlo.

Otro dato difícil de ignorar es el crecimiento de la deuda pública. Durante el sexenio anterior alcanzó niveles históricos, situación que ha contribuido a que agencias calificadoras internacionales ajusten la perspectiva crediticia del país.

Y si se presume el récord de exportaciones hacia Estados Unidos y el resto del mundo, también conviene recordar que ese desempeño es consecuencia de la apertura comercial impulsada por el propio T-MEC, uno de los principales instrumentos del modelo económico que durante años fue criticado por el movimiento gobernante.

La evidencia más reciente vuelve a poner los pies sobre la tierra. El Fondo Monetario Internacional redujo nuevamente su expectativa de crecimiento para México, pasando de 1.6% a 1.2%, al señalar que la incertidumbre económica y comercial continúa limitando la actividad productiva.

Las cifras aisladas pueden construir un discurso optimista.

Pero la economía no se explica con indicadores seleccionados, sino con el comportamiento integral de la inversión, el empleo, el consumo, la productividad y el bienestar de las familias.

Y es ahí donde todavía persisten desafíos que ningún discurso puede ocultar.

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