Por Aarón Jiménez

​Arranca la feria. Con ella se encienden los ánimos, se reactiva el pulso comercial y Tulancingo se viste de una dinámica que va mucho más allá del bullicio tradicional. Una festividad popular de esta magnitud, representa una oportunidad invaluable: es el escaparate perfecto para medir nuestra capacidad de organización, detonar el turismo regional y demostrar de qué estamos hechos cuando nos toca recibir al visitante.

Bien encauzada, la feria no es solo distracción; es economía en movimiento y un recordatorio de nuestra identidad. Pero para que el brillo de la fiesta no opaque los pendientes reales del municipio, es indispensable poner los pies sobre la tierra y hablar de las responsabilidades de quienes nos representan en el servicio público.

​Porque mientras en casa arranca el jolgorio, en la grilla municipal nos enteramos de planes que rayan en el absurdo presupuestal: resulta que apenas irán a finales de mes, con maletas listas y cargo al erario, a una supuesta cumbre especializada en otro país.

​Y aquí es donde uno debe detenerse a preguntar con absoluta franqueza: si los temas más interesantes, los debates de fondo y las ponencias magistrales de ese evento los dan precisamente especialistas mexicanos, ¿qué diablos tenemos que ir a hacer a otro país?

​Gastar recursos públicos en vuelos internacionales para ir a escuchar lo mismo que se discute en nuestras universidades y foros nacionales es, cuando menos, una tomada de pelo para el ciudadano que paga sus impuestos puntualmente.

Es el colmo del linchamiento presupuestal disfrazado de “intercambio global”.

​Conviene recordarlo con manzanas y sin tecnicismos mareadores: a un regidor no le toca ejecutar obras, ni administrar contratos, ni andar de turista legislativo buscando foros exóticos fuera del país, solo para presumir el sello en el pasaporte.

La ley es clara: su chamba es reglamentar, legislar a nivel local y fiscalizar. Su trinchera es la Asamblea Municipal, analizando acuerdos, mejorando los reglamentos y poniendo orden en la casa.

​Un edil que desconoce las entrañas, las carencias y el pulso real de Tulancingo, de nada sirve paseándose en congresos extranjeros. Allá fuera solo van a la foto; aquí adentro, los baches, el orden urbano, el agua y las demandas comunitarias siguen esperando soluciones de territorio, no viáticos internacionales.

​La administración pública municipal exige seriedad, rigor y, sobre todo, congruencia. Menos turismo político con dinero del pueblo y más oficio edilicio. Tulancingo no necesita ediles trotamundos; necesita regidores que sepan leer un presupuesto, discutir con argumentos técnicos y entender que gobernar empieza por conocer y respetar la tierra que pisan.

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