El mes de septiembre es de suma importancia para los mexicanos, y no solo por la celebración de nuestra Independencia, sino porque es el mes en el que la administración federal presenta al Congreso cuánto pretende recaudar, cuánto planea gastar y cómo ejercerá esos recursos durante el siguiente año.
El pasado 8 de septiembre se presentó el Paquete Económico 2027, que promete una mayor recaudación sin aumentar un solo impuesto. Pero… ¿será por arte de magia o cuál es el truco?
Los documentos técnicos proyectan indicadores como un crecimiento económico en un rango de 1.5% a 2.5% —mientras el mercado estima 1.8%—; una tasa de interés de 6%, la más baja de los últimos años; un tipo de cambio de 18 pesos por dólar; un precio del petróleo de 61.8 dólares por barril; una inflación de 3%; un déficit fiscal de 3.9%, menor al de años anteriores; y un nivel de endeudamiento equivalente al 55% del PIB.
Datos macroeconómicos que algunos analistas han calificado como “responsables y realistas”, como si esos criterios no debieran ser, de facto, la base de cualquier ejercicio serio de presupuestación y planeación.
Lo cierto es que el Gobierno Federal entendió que tenía que dejar de vender humo y presentar proyecciones más creíbles y compatibles con las expectativas de los mercados nacionales e internacionales, particularmente cuando el riesgo de perder la calificación crediticia se encuentra cada vez más cerca.
El Gobierno Federal apuesta por obtener ingresos por 9.2 billones de pesos, 1.7% más que lo proyectado para este año, y ejercer un gasto de 10.6 billones, 1.1% más que en 2026. Esto arroja un déficit de 1.4 billones de pesos para 2027.
Entre los beneficiarios directos del incremento presupuestal se encuentran el INE, por tratarse de un año electoral, así como Agricultura y Marina, que recibirán alrededor de 10% más recursos.
En cuanto a los principales rubros de gasto, se contemplan 2.5 billones de pesos para pensiones, equivalentes al 6.3% del PIB; 1.2 billones para Salud, el 2.9% del PIB; 1.4 billones para Educación, el 3.5%; 1.1 billones para inversión, equivalentes al 2.6% del PIB; y 1.025 billones de pesos para programas sociales.
Estos datos revelan que en 2027 se pretende reducir el déficit sin sacrificar el presupuesto destinado a programas sociales. Sin embargo, de los 1.4 billones de pesos de déficit, una cuarta parte se destinará al pago de intereses de la deuda. Si leyó bien: deuda para pagar deuda.
Una tercera parte de ese endeudamiento, se destinará a inversión productiva y el resto a otros gastos, entre ellos Pemex y el Tren Maya.
Entonces, si se pretende endeudar menos y no habrá nuevos impuestos, ¿cuál es el truco?
La respuesta parece estar en apretar a los mismos de siempre.
El Gobierno Federal apuesta por recaudar 6.2 billones de pesos, 3.9% más que este año, y buena parte del esfuerzo recaerá nuevamente sobre la misma base tributaria. Una auténtica cacería recaudatoria que contempla estrategias como las cartas invitación a contribuyentes —que, en términos prácticos, pueden significar “atiende tu buzón tributario o prepárate para una multa”—, el combate a la emisión de facturas falsas y, para 2027, una mayor fiscalización de grandes contribuyentes mediante el ISR, ampliando la base gravable para empresas con ingresos superiores a 50 millones de pesos.
El discurso de combatir la evasión fiscal y las empresas factureras puede ser correcto, pero también resulta peligroso si no viene acompañado de una reforma fiscal de fondo que ataque el verdadero problema: la informalidad, que concentra alrededor del 55% del empleo.
Si todo se reduce a una cacería recaudatoria contra los mismos contribuyentes de siempre, el efecto puede ser contraproducente: mayor uso de efectivo, más incentivos para evadir impuestos y un crecimiento de negocios que prefieran permanecer en la informalidad, antes que incorporarse plenamente al sistema tributario.
Postergar una verdadera reforma fiscal —estructural y transversal— que amplíe la base tributaria, limite el gasto gubernamental discrecional y atienda de fondo el problema de las pensiones, no elimina la bomba financiera: solo la empuja hacia el futuro, y cada vez con menos margen de maniobra.
Todo esto ocurre, además, con una economía que sigue sin alcanzar el crecimiento necesario para sostener las necesidades financieras del país.
¿Cuánto más puede apretar a los mismos de siempre?
