Por Aaron Jiménez

Hay que reconocer con claridad el esfuerzo, la visión y la estabilidad que el gobernador Julio Menchaca, ha impreso al frente de la administración estatal.

Su informe de gobierno refleja un ejercicio serio y un compromiso indiscutible con Hidalgo que merece ser felicitado y respaldado por quienes deseamos el bien de nuestro estado.

Sin embargo, una cosa es el liderazgo firme y la convicción del mandatario estatal, y otra muy distinta es la realidad que rodea a su equipo. Los rituales del poder tienen esa peculiaridad: mientras el gobernador rinde cuentas y pone la cara, en las secretarías y dependencias abunda un funcionariado gris; que se desmarca por completo de esa altura de miras.

​Ahí radica el gran contraste y la contradicción que frena a nuestra entidad. Mientras desde la cabeza del Ejecutivo se busca construir y transformar, en los mandos medios y en las oficinas gubernamentales abunda un funcionariado desconectado, aquejado por una profunda parálisis política y carente de oficio para tender puentes.

Muchos de estos operadores parecen vivir en una cómoda burbuja burocrática, administrando inercias y más preocupados por la simulación que por la realidad de las regiones. La distancia entre el dinamismo que el gobernador intenta imprimir y la lentitud de sus colaboradores es, hoy por hoy, la mayor ancla del gobierno estatal.

​Esta falta de oficio político se resiente con extrema crudeza en regiones clave como Tulancingo. Aquí, los buenos propósitos del Ejecutivo se estrellan brutalmente contra la apatía y el olvido de quienes deberían operar las políticas públicas.

En nuestro municipio se vive en un peligroso sueño donde las autoridades locales y los operadores en turno, parecen convencidos de que todo va perfecto, mientras los ciudadanos enfrentan el rezago, la falta de rumbo y el abandono en los servicios.

​A Tulancingo no le sirven las cifras lejanas ni los diagnósticos color de rosa, con los que algunos pretenden tapar el sol con un dedo. El esfuerzo del gobernador Julio Menchaca merece estar acompañado por funcionarios a la altura de las circunstancias, que salgan a pisar tierra y entiendan que gobernar no es aplaudirse a sí mismos ni vivir en una fantasía de oficina.

La verdadera transformación en nuestra tierra no llegará mientras se sigan contando cuentos de hadas, sino cuando quienes tienen la responsabilidad operativa dejen el confort del poder y comiencen a asumir la realidad de frente.

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