Por Aarón Jiménez

La reciente inestabilidad en el mercado nacional de granos básicos, particularmente la crisis en el abastecimiento y costo del frijol, ha encendido las alarmas sobre la urgencia de consolidar la soberanía alimentaria en cada rincón del país.
Para un proyecto político que pone en el centro la justicia social y la prosperidad compartida, este escenario no debe leerse de forma superficial. En Tulancingo de Bravo no somos productores de frijol, pero resentimos con fuerza los embates de su encarecimiento en la economía familiar, precisamente por nuestra condición de compradores.
Esta vulnerabilidad nos obliga a realizar un análisis técnico y riguroso sobre la verdadera vocación de nuestro campo y la urgente necesidad de blindar la producción local de los alimentos y forrajes que sí surgen de nuestras comunidades.
​El campo tulancinguense posee una identidad sumamente clara y estratégica, que muchas veces queda invisibilizada por la narrativa urbana y comercial de la cabecera municipal.
Quien recorre los ejidos de Santa Ana Hueytlalpan, Jaltepec o Buenavista, sabe que nuestra tierra es el motor de una cuenca lechera fundamental para la región. Los datos técnicos del Distrito de Riego 028, revelan que la gran mayoría de nuestra superficie agrícola está volcada con éxito a la producción de maíz, alfalfa y avena forrajera, indispensables para la ganadería intensiva, compartiendo protagonismo con una pujante infraestructura de invernaderos dedicados al cultivo de jitomate.
Por lo tanto, cuando los insumos internacionales suben o cuando el intermediarismo castiga los precios, no solo se afecta al campesino, sino que se estrangula la viabilidad de toda una cadena alimentaria regional.
​El verdadero fondo del problema, coincidente con la visión del humanismo mexicano, radica en las estructuras de comercialización asimétricas que heredamos del periodo neoliberal.
Es inadmisible que mientras el pequeño productor asume los riesgos climáticos y el costo de los fertilizantes, sean las redes de intermediarios, el famoso «coyotaje», quienes se queden con el mayor margen de ganancia de la leche, las hortalizas y el forraje local.
Transformar el campo desde el ámbito municipal, implica diseñar circuitos cortos de comercialización que vinculen directamente a los productores de nuestras comunidades con los centros de abasto urbanos, garantizando precios de garantía reales, un trato digno a quien trabaja el surco y un costo accesible para las mesas de quienes menos tienen.
​Asimismo, la viabilidad de nuestra vocación agrícola y ganadera, depende por completo de una gestión estratégica y metropolitana del agua. Tulancingo no puede seguir dependiendo de la inercia del clima o de técnicas de riego obsoletas que sobreexploten nuestro acuífero.
En la construcción del segundo piso de la transformación, el liderazgo local debe traducirse en la tecnificación hidroagrícola y el uso de biofertilizantes, que devuelvan la fertilidad a la tierra sin endeudar al campesino.
Imaginemos un Tulancingo que asuma con orgullo su liderazgo agropecuario en el Valle, donde la tecnología y la justicia social, converjan para que la prosperidad no se concentre en unos cuantos, sino que germine desde la raíz de nuestra propia tierra.
Porque por el bien de todos, la justicia también debe llegar al campo.
​El autor es Ingeniero Industrial con Maestría en Administración Pública.r
​Facebook: AaronJimenezH
Instagram: @ImaginaTulancingo

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