Lo que hemos visto estos últimos días con los festejos de la fiebre mundialista ha sido una demostración del poder del futbol, no solo para unir al mundo y a nuestro propio país, sino de hacer cambiar de ánimo e incluso de pensamiento, aun de manera involuntaria a nuestra sociedad.
Desde los diferentes frentes políticas y la diversidad de personas, todas esperan el mismo resultado, con la misma emoción: que México gane el partido, sin importar aquello que pueda ocurrir en nuestro país.
En ese instante, nuestro país se olvida de las grandes diferencias, de una suma de problemáticas e incluso de sus divisiones, porque lo que parece estar en la cancha es nuestra unidad y nuestra nación.
A lo largo de esta gesta, las victorias han ido cambiando de tono desde la primera ante una avalancha abrumadora de problemas hasta la última, con una gran esperanza para una futura victoria.
Sin embargo, aquello que no pasa desapercibido es que sin importar lo que suceda en el país ante una victoria, el ambiente cambia, el país se paraliza y se festeja como si la copa se encontrará en nuestra cancha.
Parece que ante el momento de regocijo, no se puede dudar del poder que tiene el fútbol, un poder que sin lugar a dudas, unifica, enaltece y engrandece a las naciones.
El poder de cambiar incluso el ánimo de una nación puesto que mientras por la mañana la preocupación conmociona por hechos suscitados en ciertas partes del país, en la tarde o en la noche la fiesta despeja nuestra mente.
Si bien es un alivio para nuestro cuerpo y nuestra mente, no puede dejar de ser más que el poder del futbol, que espero continue más allá de esta gesta puesto que esta unidad sin duda nos hace grandes.
