El pasado 17 de octubre, en el marco del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) dio a conocer la situación de pobreza en el país.

Destaca que, entre 2016 y 2024, la población en situación de pobreza extrema pasó de 8.7 a 7 millones de personas, una disminución de 1.7 millones. En ese mismo periodo, la población en situación de pobreza multidimensional, es decir, las personas que sufren la falta de derechos y servicios básicos en su vida cotidiana —salud, educación, seguridad social, vivienda, servicios básicos y alimentación—, pasó de 52.2 a 38.5 millones de personas, lo que representó una reducción de 13.7 millones.

Hasta este punto, no habría más que aplausos para el Gobierno Federal, pero la realidad no coincide con las cifras del INEGI.

Pareciera que vivimos en un espejismo provocado por el aumento del salario mínimo y la entrega masiva de subsidios en efectivo.

Es decir, hoy tienes más dinero en efectivo, pero alcanza para menos.

Pruebas de ello las encontramos en el mismo reporte. ¿Por qué, si disminuyó la pobreza, la población con carencia por acceso a los servicios de salud pasó de 34.2 a 44.5 millones de personas?

¿Será que esto está relacionado con el hecho de que hoy el 54.3% de la población se encuentra en la informalidad laboral?

Hoy cabe preguntarse: ¿existen educación de calidad, empleos formales, seguridad, crédito, medicamentos e infraestructura decente?

El informe de pobreza parece más un cruce de información entre el número de personas en situación de pobreza y el número de beneficiarios de los programas sociales.

Lo que hoy vemos es una fuerte dependencia de los subsidios, al grado de que fenómenos como el de familias enteras que dejan de trabajar porque viven de recibir apoyos de distintos programas sociales ya son una realidad. Esto ocurre en un contexto marcado por las cifras de deserción escolar, el empleo informal, la baja inversión, el limitado acceso a la salud, la inflación y el escaso o nulo crecimiento económico.

Los programas sociales no son malos, pero hoy están mal diseñados y enfocados al clientelismo electoral, en lugar de cumplir con su propósito original.

La pobreza real sigue ahí y continúa creciendo.

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