Debo de reconocer que una serie de factores han agotado con rapidez la mediana paciencia que me caracterizaba. En el umbral de mis 50 años, veo con preocupación como en mi trabajo y en mis actividades cotidianas, hay cosas que ahora me irritan con facilidad.
Pero quizá entre ellas, la que más me desquicia es el tráfico. En mis juventudes probé suerte en la CDMX, allá realicé mis estudios universitarios y salí lo más pronto posible porque aquella urbe no se hizo para mí.
Como dice Joaquín Sabina en una canción: “México me atormenta, Buenos Aires me mata”. Esa concentración de personas, el transporte público a tope, las distancias, la contaminación ambiental, visual, auditiva, etc. Todo aquello tenía un efecto exponencial en mi cabeza.
Por esas razones regresé a provincia con la firme intención de no volver nunca a esas andanzas metropolitanas. Pero cual sería mi sorpresa que aquellos males me alcanzaron muy rápido aquí, en Pachuca.
Ahora veo con impotencia como los vehículos se quedan varados por el tráfico, hasta hace poco inexistente, en la capital hidalguense. Constato que no soy el único con estrés porque es frecuente que los conductores se increpen al tratar de rebasar o ganar unos centímetros para avanzar en la fila, respiro el mismo smog, soporto el insensato claxon de un imprudente y me identifico con el rostro desesperado de una usuaria del Túzobus.
Añoro esa provincia donde la tranquilidad era la norma, donde cruzar la ciudad solo tomaba 15 minutos, donde siempre había donde estacionarse, donde nadie llegaba tarde a sus citas, donde todos cabíamos en el transporte público.
Nos alcanzó la modernidad muy pronto y con muy poca planeación, con calles que se quedaron estrechas, con una densidad vehicular inaudita, con baches que nunca desaparecen, con semáforos que complican el flujo vehicular.
La impaciencia que describo también se alimenta con otros prejuicios. Aquellos que sabiamente mi madre pudo predecir desde hace años: “ya hay mucha gente del estado de México” solía decir como quien tiene una iluminación que predice el apocalipsis. “Esos fraccionamientos del sur están llenos de gente que no es de Pachuca”, remataban sus amigas; completando un combo de calamidades que se reproducían por culpa de los foráneos.
Más allá de estas ideas torcidas por la vejez; lo que es cierto es que Pachuca está irreconocible. Alguien nos robo su aroma provincial, su caminar pausado, su reloj limpio, sus parques con niños jugando a la pelota.
Ahora hay que sobrevivir en esta selva urbana, salir más temprano, encontrar atajos, rezar para que no nos toque un accidente, resignarnos a que la lluvia viene acompañada de un virus que afecta a todos los conductores eliminando sus habilidades y retrasando su capacidad de reacción.
Y si a lo anterior le sumamos las mejores que se están realizando en algunas vialidades de la ciudad, el paquete resulta frustrante. Porque la máxima de los trabajadores es cerrar las calles sin avisar, sin la señalética adecuada, laborar en horas pico, llevar una máquina que avanza lentamente, contemplar por horas un tubo y convencerse que mejor mañana continúan con la jornada.
Qué difícil es esta etapa de la vida en donde todo parece jugar en contra. Este último día del mes vuelvo a citar a Sabina cuando cuestionaba ¿Quién me ha robado el mes de abril? Yo diría ¿Quién me ha robado mi querido Pachuca?
