Por Luis G. Ortiz
Este fin de semana el Mundial llega a su fin. Con el último silbatazo terminará uno de los eventos deportivos más importantes del planeta, pero para México comenzará una etapa que exigirá mucho más que la organización de un torneo exitoso.
Durante varias semanas, el fútbol ocupó las conversaciones de millones de personas, impulsó el turismo, generó una importante derrama económica y permitió que nuestro país volviera a proyectarse ante el mundo como un anfitrión, capaz de recibir un evento de talla internacional.
El impacto económico del Mundial merece reconocerse. Hoteles, restaurantes, comercios y diversos prestadores de servicios, se beneficiaron de la llegada de visitantes nacionales y extranjeros.
Para muchas empresas y familias, este evento representó una oportunidad para incrementar sus ingresos y fortalecer su actividad económica. Además, permitió mostrar una imagen positiva de México ante millones de personas alrededor del mundo.
Sin embargo, cuando las tribunas queden vacías y las cámaras internacionales dejen de apuntar hacia nuestro país, los problemas nacionales volverán a ocupar el centro de la conversación. Porque, aunque el Mundial termina, los desafíos de México permanecen.
La inseguridad seguirá siendo una de las principales preocupaciones de las familias mexicanas; la economía enfrentará un entorno internacional cada vez más complejo; la inflación continuará afectando el poder adquisitivo de los hogares y sectores fundamentales como la salud, la educación y la infraestructura, seguirán demandando atención y soluciones de largo plazo.
A ello se suman retos que marcarán el rumbo del país durante los próximos meses. La relación con Estados Unidos, la atracción de nuevas inversiones y la necesidad de brindar certeza jurídica, serán factores determinantes para mantener la competitividad de México.
En un mundo donde los países compiten por atraer capital, talento y empresas, ya no basta con tener una ubicación estratégica; también es necesario ofrecer estabilidad, instituciones sólidas y confianza.
Quizá ahí se encuentre el verdadero reto después del Mundial. México debe ser capaz de transformar la exposición internacional que dejó este evento en oportunidades permanentes de crecimiento. La derrama económica que generó el torneo será positiva, pero el verdadero éxito estará en aprovechar este momento para impulsar la inversión, fortalecer la economía, generar empleos de calidad y mejorar las condiciones de vida de la población.
Porque la confianza también es un motor de desarrollo. La confianza de un empresario para invertir, la de un emprendedor para iniciar un proyecto, la de un joven que busca construir su futuro en México y la de una familia que espera vivir con tranquilidad. Esa confianza no se construye únicamente con grandes eventos internacionales; se fortalece con seguridad, Estado de derecho, instituciones eficientes y políticas públicas capaces de ofrecer resultados.
El Mundial llega a su fin. Ahora comienza el verdadero partido para México. Uno que no se juega en una cancha ni dura noventa minutos, sino que se disputa todos los días en la capacidad del país para crecer, generar oportunidades, reducir desigualdades y construir un futuro con mayor bienestar para las próximas generaciones.
Al final, el éxito de una nación no se mide únicamente por la manera en que organiza un evento deportivo o por la emoción que genera durante algunas semanas. Se mide por su capacidad para aprovechar esos momentos y convertirlos en desarrollo, progreso y mejores oportunidades para sus ciudadanos.
Y usted, estimado lector, cuando la emoción del Mundial quede atrás, ¿cuál considera que debe ser la prioridad de México para construir el futuro que queremos?
