Por Aarón Jiménez

La movilidad en Tulancingo se ha convertido en un ejercicio de resistencia. A menudo, el debate público se agota en la superficie: nos enfocamos en el bache, en la calle deteriorada o en la obra que, mal ejecutada, parece un parche que durará apenas unos meses.

Sin embargo, como alguien que ha analizado la infraestructura de nuestra ciudad desde la técnica y la gestión pública, estoy convencido de que el problema es mucho más sistémico: estamos intentando mover a una ciudad moderna con una logística de hace veinte años.

​El crecimiento poblacional en nuestras periferias es hoy una realidad innegable. Colonias enteras han surgido lejos del centro, pero las rutas de transporte público y los flujos viales, siguen diseñados bajo un esquema radial que obliga a todo a pasar por el primer cuadro.

Esto no es solo una molestia logística; es un factor que resta competitividad a nuestra economía y, lo más grave, le arrebata horas valiosas a las familias tulancinguenses.

​¿Cómo resolvemos esto desde la administración? La respuesta no está solo en el pavimento, sino en el ordenamiento. Necesitamos una reingeniería de rutas que priorice la conectividad periférica: rutas alimentadoras que funcionen como un sistema articulado, reduciendo la saturación en el centro y facilitando el acceso directo a los centros de trabajo y servicios.

Como ingeniero, sostengo que la eficiencia no se logra con más asfalto, sino con una planeación que entienda hacia dónde se está expandiendo realmente nuestra gente.

​La movilidad es, a fin de cuentas, una herramienta de justicia social. Una ciudad que no permite que sus habitantes se desplacen con agilidad es una ciudad que limita sus oportunidades de desarrollo. No podemos seguir apostando a la improvisación; necesitamos procesos de gestión técnica, con licitaciones transparentes y una visión de largo plazo que trascienda la urgencia del día a día.

​Imaginemos un Tulancingo donde el transporte no sea un caos, sino un facilitador de nuestra calidad de vida. Donde la planeación urbana sea el motor de nuestro progreso y no el cuello de botella de nuestra rutina.

Porque el verdadero desarrollo no es inaugurar una obra cada semana, sino asegurar que el sistema completo —nuestras calles, nuestro transporte y nuestros servicios— funcione para todos, todos los días.

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