Mientras los focos rojos económicos se multiplican, la prioridad del gobierno federal parece ser consolidar el proyecto político de la llamada cuarta transformación.
Las innumerables señales de advertencia emitidas por especialistas en materia económica, dejaron de ser simples opiniones para convertirse en datos. Y ante los ojos internacionales, las noticias ya no son favorables.
La semana pasada, las agencias calificadoras Moody’s y S&P Global Ratings, encargadas de evaluar la solvencia y el riesgo crediticio de gobiernos y empresas emisoras de deuda, ajustaron a la baja la perspectiva crediticia de México. Esto significa que los mercados perciben un mayor riesgo en la capacidad del país para cumplir sus compromisos financieros.
La asignación de una perspectiva o calificación negativa funciona como una señal de alerta para los inversionistas. Entre los factores que motivan estas evaluaciones, destacan el debilitamiento de las finanzas públicas, el bajo crecimiento económico y el elevado costo de seguir respaldando a PEMEX, una empresa que para muchos analistas se ha convertido en un barril sin fondo.
Ante ello, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha minimizado estas evaluaciones, argumentando que los fundamentos macroeconómicos del país —como el crecimiento económico, la inflación, el empleo y la balanza de pagos— permanecen sólidos y que la economía va “requetebién”.
Sin embargo, en este espacio de opinión hemos analizado de manera constante esos supuestos fundamentos macroeconómicos sólidos. La preocupación es que, si no se atienden los problemas estructurales que los afectan, su capacidad de sostener la estabilidad económica podría verse comprometida.
¿Qué ocurriría si México llegara a perder el grado de inversión?
Una degradación adicional podría provocar que diversos fondos internacionales, cuyos estatutos les impiden invertir en economías con menor calificación, retirarán capital del país. Esto tendría efectos directos sobre el tipo de cambio, el costo del financiamiento y la viabilidad de numerosos proyectos de inversión.
Por ello, si de por sí la inversión ha mostrado señales de debilitamiento, estas advertencias internacionales, hacen que el panorama de recuperación se vea aún más distante.
El problema es especialmente delicado porque México está desaprovechando oportunidades que podrían impulsar su crecimiento. El fenómeno del nearshoring abrió una ventana estratégica para atraer inversiones en medio de la disputa comercial entre Estados Unidos y China. Asimismo, el contexto geopolítico derivado de los conflictos en Medio Oriente pudo haber colocado al sector energético mexicano en una posición más favorable.
Sin embargo, la percepción de incertidumbre continúa pesando sobre las decisiones de inversión.
Las empresas difícilmente invierten en entornos donde las reglas pueden modificarse constantemente, donde existe incertidumbre jurídica o donde la infraestructura resulta insuficiente para sostener proyectos de largo plazo.
Al final, la economía suele imponerse a la ideología.
Es cierto: las matemáticas no votan. Pero detrás de cada indicador, cada porcentaje y cada cifra, hay millones de mexicanos que esperan una mejora real en su calidad de vida y que todavía no logran percibirla
