Por Aarón Jiménez
La gestión pública se desvirtúa cuando los encargados de coordinar el rumbo de un municipio, confunden la lealtad con la adulación servil.
En días recientes, el aparato oficial celebró con bombo y platillo, un supuesto galardón internacional que llevó a una comitiva gubernamental hasta Madrid, España.
Quienes diseñaron la narrativa alrededor de este viaje intentan colocarlo como un éxito rotundo; sin embargo, al contrastar con la realidad del Valle de Tulancingo, queda en evidencia la profunda desconexión de quienes hoy toman las decisiones en la administración local.
Para quienes nos formamos en las filas del movimiento que busca transformar de raíz la vida pública, existen líneas que no se pueden cruzar: los gobiernos deben ser de territorio, no de pasaporte, y el poder solo tiene sentido cuando se traduce en bienestar social.
Por ello, resulta inadmisible que la oficina responsable de articular al gabinete y coordinar las secretarías, prefiera endulzar el oído de la primera autoridad con aplausos ficticios en lugar de confrontarla con las urgencias de la ciudad. El principal error arropado de intrigas, ha sido aislar a la presidencia en una burbuja de autoengaño, construyendo un Tulancingo de oficina que simplemente no existe en las calles. Ni planeación, ni resultados.
El engaño de los colaboradores cercanos es frecuente y sistemático. Mientras el coordinador de las políticas públicas y su séquito, se dedican a maquilar carpetas ejecutivas impecables para colgarse medallas de escritorio, los vecinos de a pie se topan con un muro de indiferencia.
Esos mismos funcionarios que hoy celebran un trofeo europeo, son los responsables de que los baches históricos sigan creciendo, de que la red de agua potable mantenga una intermitencia preocupante y de que los servicios públicos operen sin una planeación técnica real.
Prefieren aplaudir de forma desmedida antes que asumir el costo de aceptar que las áreas operativas están fallando.
Ningún reconocimiento extranjero tiene la validez moral para tapar las carencias que nuestras familias viven en el día a día. El verdadero examen de un gabinete no se aprueba en Madrid, por cierto viaje pagado con dinero público, se aprueba en las colonias, garantizando que el presupuesto se aplique con austeridad, eficiencia y con los pies bien puestos en la tierra.
Imaginemos un Tulancingo donde la coordinación del equipo de gobierno tenga la madurez y la honestidad de señalar los errores internos para corregirlos a tiempo, en lugar de alimentar la vanidad institucional.
Un municipio donde los secretarios trabajen sabiendo que el único galardón que importa es el reconocimiento diario de la ciudadanía al recibir servicios públicos dignos.
Los reflectores internacionales pueden satisfacer el ego de los asesores, pero no resuelven las crisis locales. A la vuelta del viaje, la Jefatura de Gabinete y su equipo tienen la obligación de demostrar con hechos y total transparencia qué beneficio real traerá este traslado a las familias de Tulancingo.
Es momento de que los funcionarios dejen la comodidad del escritorio, guarden los pasaportes y salgan a gastar la suela en las comunidades. Menos complacencia burocrática y más resultados en el territorio; eso es lo que Tulancingo merece y exige.
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