En 2008, una película estadounidense protagonizada por Brad Pitt y Cate Blanchett, tuvo un gran éxito en taquilla. El curioso caso de Benjamin Button como se conoció en el país, se recuerda por su elenco de primer nivel y por su peculiar trama.

La adaptación del relato de F. Scott Fitzgerald cuenta la historia de Benjamin Button (Brad Pitt), un hombre que nacería con el cuerpo de una persona de 81 años y conforme avanza la película, el protagonista se hace cada vez más joven. Es decir, el tiempo va al revés. Cabe destacar, que la producción fue candidata en 2009 a 13 premios de la Academia, que incluyeron mejor película, director, actriz de reparto y actor.

El anterior preámbulo, sirve para decir que este filme generó mucha expectativa por la caracterización del personaje principal, porque el actor fue maquillado de tal manera que su apariencia dio cuenta de un adulto mayor. El impacto visual fue interesante ya que Brad Pitt – justo por su apariencia – había sido el rostro afable en varias películas anteriores.

¿Cómo se hace para cambiar radicalmente de apariencia en una producción cinematográfica? ¿Qué tipo de comportamiento adopta una persona de más de 80 años? ¿Es posible mantener algunos aspectos originales del actor?

Estas preguntas vienen a cuenta porque la edad es un factor muy complejo en la vida de las personas. No solo por sus efectos físicos y consecuencias en la salud, sino por la innumerable lista de cosas que tienen que cambiar para hacer la vida más llevadera.

En este contexto es muy afortunado que en México, al igual que otros países, se mantengan políticas públicas para este sector de la población. Más en las sociedades latinoamericanas donde los abuelos son tan valorados por la familia.

De tal manera, que ahora referirse a ellos sin el debido respeto causa –por decirlo suave– más indignación que antes. Hay que decir que llevamos cerca de 10 años a nivel federal que este sector recibe apoyos por parte del gobierno convirtiéndose en la columna vertebral de los programas sociales y del ideario político del partido Morena.

Con estos antecedentes, escuchar a una diputada de ese partido hacer una parodia sobre estas personas resultó escandaloso. Esto ocurrió hace unos días cuando Nallely Salvatori, quien además de ser representante popular de Puebla, es también creadora de contenido en redes sociales y utiliza un humor ácido en sus programas, realizó comentarios desafortunados.

Sus referencias de que “los viejitos huelen mal”, fueron motivo suficiente para que su partido tomara medidas y pidiera su expulsión de dicho instituto político. ¿Estos comentarios son motivos suficientes para iniciar una medida disciplinaria dentro del partido? La respuesta es complicada porque, como se mencionaba, ese sector es muy valorado por sus compañeros quienes con frecuencia presumen la dignificación de los adultos mayores a partir de los gobiernos guindas.

Por otro lado, ¿Es muy difícil diferenciar la opinión de una diputada en su esfera de trabajo y de la misma persona cuando realiza otro tipo de actividad (comedia en este caso)? ¿Por qué juzgamos este comentario y no otros de corte misógino, machista, libidinoso, etc.? ¿Es alarmante decir como huele una persona adulta?

Las opiniones de Nay Salvatori, en su calidad de comentarista de un programa, tienen que ser responsables, pero no estar sujetas a múltiples controles que revuelvan el ideario político, con su personaje en redes sociales, con su representación popular y su futuro en la vida pública. Peores cosas hemos escuchado de otras personas que van por la vida en su papel de moralistas.

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