En días pasados la Fundación Arturo Herrera Cabañas, ubicada físicamente en una casona del centro de la ciudad de Pachuca, recibió una visita inesperada. Ahí acudió personal de la Coordinación Jurídica del gobierno de Hidalgo, para informarles que su situación legal había sufrido un cambio.
La cuestión es que el comodato celebrado con el gobierno contempla que en ese inmueble se realizarán actividades de promoción cultural. No obstante, se tenía conocimiento que dentro del lugar había un negocio. Lo cual cambia radicalmente los fines que se tenían especificados desde el principio.
Dicho en pocas palabras, no se puede utilizar un bien público (propiedad de todos los hidalguenses), para beneficiar económicamente a particulares. Aunque suene exagerado ese es el punto medular del caso. Porque nos estamos refiriendo a una pequeña cafetería que se instaló al interior del lugar.
Peccata minuta dirían algunos, pero ese detonante fue lo que motivó que un grupo de artistas levantaran la voz, acusando un supuesto despojo de las instalaciones. Cosa que, por supuesto, no ha pasado porque para llegar a ese punto se tienen que agotar varias instancias legales.
De cualquier modo, los que ocupan esa casa se sintieron agraviados y han radicalizado su postura al calificar como “golpe a la cultura” una cuestión que puede solventarse en las instancias correspondientes.
La comunidad artística, así lo han hecho saber, defenderá estos espacios públicos y en eso nadie está en desacuerdo. Qué bueno, se celebra, que exista esa unidad combativa para no perder un lugar que tiene como objetivo la difusión de las distintas manifestaciones culturales.
Solo que al recuperar el inmueble (si fuera el caso porque se avecina un litigio que se resolverá en tribunales), el gobierno pretende restaurar la casona de más de 100 años de antigüedad para instalar un museo.
No suena mal, pero la radicalización de los que se dicen despojados, ha llenado de nubarrones el sentido de urgencia por hacer algo con el inmueble que sufre daños considerables en su estructura.
Cabe mencionar, que en el tiempo que lleva de ser ocupado por la Fundación Arturo Herrera Cabañas, no ha tenido el mantenimiento necesario para generar las condiciones de seguridad e integridad para las personas que ahí realizan sus actividades.
De tal manera, que dejando a un lado las posiciones extremistas, lo que podemos decir es que la comunidad artística requiere menos intriga y más política pública que beneficie a los creadores y dejarse de confabulaciones estériles que no llevan a nada.
