Hace unos días vimos las elecciones de nuestro vecino del norte, con resultados reveladores.
En primer punto, los demócratas obtuvieron una mayoría en las cámaras y ganaron no solamente en un mayor número de gubernaturas, sino que triunfaron en lugares donde nunca habían logrado como en el estado de Texas.
En cuanto a la mayoría parlamentaria, es por sí mismo una cuestión de relevancia y de gran rareza histórica.
Lo anterior implica un contrapeso para la política del presidente Trump en dos vertientes fundamentales. La primera implica una enorme disminución en su popularidad; así como en sus políticas de gobierno que bien pueden ser la antesala para una derrota de su partido en las siguientes elecciones y un contrapeso en cuanto a un parlamento contrario a los intereses presidenciales que puede verse reflejado en el presupuesto.
En tiempos de Bill Clinton ya existió un antecedente que incluso paralizó al gobierno norteamericano por falta de un acuerdo presupuestario.
Esta vez no se generará tal problemática, pero uno de los temas más discutidos será tanto la migración, los aranceles y en general la política exterior.
Pareciera que la política exterior de Trump generó dentro de su propio país, una incertidumbre mediante la cual pareciera que el poder adquisitivo disminuyo, junto con el inicio de conflictos con los que no comulga su propia población han dado como consecuencia un repudio a la política del presidente.
Lo anterior no implica que por si misma la victoria de las siguientes elecciones se encuentre otorgada a los demócratas, sino que es un termómetro que nos ha demostrado que hoy el pueblo vecino se encuentra inconforme con una política nacionalista contraria a los intereses de cada ciudadano.
Donde pareciera que cada día se apertura más, a un país diversificado y globalizado.
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