No estamos como Dinamarca, tal como prometieron los de la Cuarta Transformación. Hoy se desacreditan y politizan las demandas de quienes, en 2020, durante la pandemia, fueron considerados héroes.
Hoy, los médicos evidencian una crisis en el sector salud que no se resuelve con una estampita del Sagrado Corazón. La rampante corrupción, que nunca se combatió de fondo, es ya insostenible y ha llevado al sistema a una situación crítica, comprometiendo incluso su viabilidad financiera.
El desabasto de medicamentos, insumos y equipo no se puede ocultar. El problema ha sido noticia nacional en más de una ocasión y hoy sabemos que apenas era la punta del iceberg. Los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), han hecho públicas sus demandas, que incluyen un aumento salarial del 10%, mejor abasto de medicamentos e insumos, contratación y regularización de personal, mejores condiciones laborales y de jubilación, así como cambios en la dirigencia sindical.
La Cuarta Transformación no entiende que no entiende y cada vez deja más en evidencia su incapacidad para gobernar. El pasado 10 de julio de 2026, el IMSS entregó al Congreso de la Unión, su más reciente informe sobre la situación financiera y los riesgos del Instituto.
En él se advierte que cuenta con suficiencia financiera para cubrir sus gastos operativos únicamente hasta 2031, gracias al uso de sus reservas, cuya totalidad se proyecta agotar en 2036.
Este escenario de presión financiera es más serio de lo que parece, debido a una serie de factores:
1. Envejecimiento de la población. El aumento de la población adulta mayor incrementará la demanda de atención de enfermedades crónico-degenerativas. Actualmente, se destinan 113 mil 939 millones de pesos a este rubro.
2. Pasivos laborales. Los compromisos pensionarios y los gastos asociados al personal crecen de manera constante, reduciendo los recursos disponibles para invertir en infraestructura, mantenimiento y equipamiento.
3. Absorción de obligaciones universales. La incorporación de obligaciones de cobertura universal presiona las finanzas institucionales y puede diluir el efecto de las cuotas aportadas por los trabajadores, deteriorando la capacidad de respuesta y la oferta de servicios médicos.
4. Informalidad laboral. Mientras este fenómeno persista y aumente, habrá menos trabajadores en el empleo formal que realicen aportaciones al sistema, lo que reducirá sus ingresos y agravará el desequilibrio financiero.
En resumen: los gastos aumentan mientras los ingresos disminuyen. Es una ecuación básica, fácil de entender, pero que hoy limita la capacidad de respuesta inmediata ante las exigencias de los trabajadores, cuyas demandas son, por demás, legítimas y evidentes.
¿De qué sirve tener acceso a una consulta médica si no se cuenta con los medicamentos necesarios? ¿Cómo podemos exigir una atención de calidad si el personal carece de condiciones dignas para realizar su trabajo?
El dinero destinado a la salud debe utilizarse con mayor eficiencia. Cada peso mal empleado representa una oportunidad perdida para mejorar la atención de los pacientes. Pero, más importante aún, es imperativo pensar en el futuro y no solamente en el presente. Se necesita una planeación financiera responsable y sostenible que garantice la viabilidad del sistema y la calidad de los servicios médicos.
Hoy enfrentamos problemas que se acumulan y se agravan. Y, al parecer, todavía no les queda claro que ninguno se resuelve con politiquería.
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