Por Luis G. Ortiz

Hay resultados que pueden discutirse, matizarse e incluso cuestionarse. Pero hay otros que deberían provocar una pausa y obligarnos a preguntarnos, hacia dónde vamos. Los recientes resultados de PISA son uno de ellos.

México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. En matemáticas, apenas tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel básico de desempeño. Más allá de las posiciones internacionales, son cifras que deberían preocuparnos, porque detrás de ellas hay jóvenes que, en unos años, tendrán que incorporarse a una universidad, buscar un empleo y enfrentar una realidad cada vez más exigente.

Desde el gobierno federal se ha señalado que México no es el único país que enfrenta retrocesos. Que estos resultados deben analizarse considerando factores como la pandemia, los cambios en los hábitos de aprendizaje y el impacto de la tecnología. Es un argumento que merece ser considerado. El deterioro educativo, en efecto, también se observa en otras partes del mundo.

Pero que otros países tengan dificultades, no disminuye el reto que enfrenta México.

El problema no está solamente en una tabla comparativa. Está en el estudiante que tiene dificultades para comprender lo que lee, resolver un problema matemático o utilizar sus conocimientos para enfrentar situaciones de la vida cotidiana.

Por eso, más que discutir si PISA es perfecta o si otros países también retrocedieron, lo importante es preguntarnos qué hará México después de conocer estos resultados.

El gobierno federal tiene ante sí un reto enorme. Y no porque este problema haya comenzado con la actual administración, sino porque ahora tiene la responsabilidad de comenzar a corregirlo.

Ya se han anunciado medidas para reforzar las matemáticas y la lectoescritura, pero el desafío va mucho más allá de crear nuevos materiales. Se requiere fortalecer la formación de los docentes, mejorar las condiciones de las escuelas, garantizar herramientas adecuadas para enseñar y encontrar un equilibrio frente al uso de la tecnología.

También será fundamental revisar cómo se utilizan los recursos públicos. El proyecto de presupuesto educativo para 2027 contempla un incremento real de 7.4 por ciento, aunque buena parte de ese aumento se concentra en la nómina y existen reducciones previstas en algunos recursos destinados a materiales educativos.

Invertir más en educación es indispensable, pero no garantiza por sí mismo que los estudiantes aprendan más. Se necesitan objetivos claros, evaluación, seguimiento y capacidad para corregir aquello que no esté funcionando.

Tampoco deberíamos convertir PISA en una disputa política entre quienes quieren demostrar que todo está mal y quienes buscan demostrar que todo está bien. La educación merece una discusión mucho más seria.

No se trata de utilizar una evaluación internacional para atacar al gobierno federal, pero tampoco de minimizar sus resultados porque otros países atraviesan dificultades similares.

Se trata de mirar los datos, reconocer las fortalezas, aceptar las deficiencias y actuar.

La educación no produce resultados de un día para otro. Lo que hoy ocurre en un salón de clases puede determinar las oportunidades que tendrá un joven dentro de diez o veinte años. Por eso, corregir el rumbo requiere una visión que vaya más allá de un periodo de gobierno.

México todavía está a tiempo. Pero el verdadero desafío comienza ahora: convertir un resultado preocupante en una política educativa capaz de producir mejores aprendizajes.

Porque la educación no solamente determina cuánto sabe un estudiante. También determina qué oportunidades tendrá mañana.

¿Qué estamos dispuestos a hacer hoy para que la próxima generación tenga mejores oportunidades que la actual?

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