No piden lujos, piden compañía y que alguien se siente a escuchar por segunda vez la misma historia de cuando eran jóvenes, de cuando trabajaban en el campo, de cuando bailaban en Tulancingo centro.

La vejez en el asilo Nicolás García de San Vicente no es solo una arruga en la piel, es un álbum de fotos que nadie ha vuelto a abrir. Es un nombre que se va borrando del marco de la puerta.

Hoy, entre esos pasillos de paredes claras, hay abuelitos que fueron albañiles, maestras, campesinos, madres que arrullaron a hijos que ahora viven lejos y lo único que les queda es el presente, que es larguísimo cuando nadie te habla.

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