El gobierno federal insiste en que la economía va bien, pero, citando el propio discurso oficial… “tenemos otros datos”.
El optimismo desde Palacio Nacional contrasta con la realidad económica: el crecimiento económico se ha desacelerado, la deuda pública continúa aumentando y la inversión acumula más de 18 meses en retroceso.
Durante el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, la economía mexicana creció apenas 0.9% anual en promedio y, en el actual gobierno, el crecimiento ronda apenas el 0.8%.
Se presume estabilidad económica, reuniones y acuerdos con empresarios, anuncios de inversión, el impulso del nearshoring, cifras de empleo, reducción de pobreza y aumentos históricos al salario mínimo.
Entonces, ¿qué se está haciendo mal para que esos resultados no se reflejen en la vida cotidiana de los mexicanos?
Simple: existen “otros datos”, los reales.
El desempleo no necesariamente se está reduciendo; más bien, se están maquillando cifras. El IMSS contabiliza como nuevos empleos puestos que ya existían, pero que cambiaron de categoría. Mientras tanto, hoy cerca del 55% de los mexicanos trabaja en la informalidad.
El gasto público se ha disparado debido al crecimiento de los programas sociales —que no han logrado mejorar de fondo las condiciones de vida— y al enorme costo financiero de PEMEX, convertido hoy en un verdadero barril sin fondo.
Paradójicamente, en medio del conflicto bélico y del cierre del estrecho de Ormuz, escenario que ha beneficiado a las petroleras por el aumento del precio del petróleo, PEMEX es prácticamente la única gran petrolera que continúa reportando pérdidas.
Para dimensionar el tamaño del gasto público: en 2018 el gasto neto del sector público era de 5.8 billones de pesos; para 2026 se proyecta cercano a los 10.1 billones de pesos.
Esta situación inevitablemente presiona el crecimiento de la deuda pública, que ya ronda los 20 billones de pesos, equivalentes a más del 50% del Producto Interno Bruto del país.
A esto se suma otro problema: la inversión privada no despega. La incertidumbre sobre el futuro del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, las dudas sobre las reformas al Poder Judicial y la reforma electoral, además de los problemas de corrupción, inseguridad y presuntos vínculos entre actores políticos y el crimen organizado, han deteriorado la confianza.
Entonces, si el crecimiento económico no logra impulsarse mediante la inversión, la apuesta termina siendo el consumo. Pero ahí aparece otro obstáculo: la inflación.
La inflación ha golpeado severamente el poder adquisitivo. Al grado de que el aumento al salario mínimo y los nuevos impuestos han terminado alimentando las mismas presiones inflacionarias.
Hoy la canasta básica está por las nubes y para muchas familias mexicanas ya no alcanza ni para cubrir lo más básico: la alimentación.
La pregunta entonces es inevitable:
¿Realmente vamos requetebién?
