Lo ocurrido el pasado domingo en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, no fue un show cualquiera, sino una representación semiótica, simbólica y cultural de protesta en un contexto social complejo que exige definiciones.

Todos sabemos –y más los que tenemos origen hispano–, que el gobierno de Estados Unidos mantiene actualmente una política migratoria de persecución y odio como nunca antes en la historia.

Ese endurecimiento hace eco en la base social que apoyó a Donald Trump a llegar a la presidencia y lo mantiene empoderado, con un discurso racista y clasista que será imposible erradicar en el corto plazo.

De ahí provienen una serie de consecuencias que impactan a familias de migrantes radicadas en la Unión Americana y que ahora –más que nunca–, viven con la incertidumbre de ser deportadas y/o desintegradas por los caprichos de un presidente, que no puede entender la riqueza pluricultural de Norteamérica.

Tuvo que venir un chico de Puerto Rico para decirle a públicos muy amplios, que los latinos tienen esencia y presencia en aquella nación que los quiere deportar; tuvo que cantar en su lengua para mandar un poderoso mensaje sobre la universalidad de la música; y tuvo que mencionar a todos los países de la región, como testimonio de tolerancia y hermandad.

Confieso que soy una de esas personas que nunca pensó que una figura como Bad Bunny, pudiera ser artífice de tan sofisticada misión, pero para sorpresa de muchos ese reguetonero cimbró las conciencias de muchos, con mensajes sencillos y bien focalizados.

No voy a reparar en identificar cada elemento que utilizó en los 14 minutos de intervención. Solo decir que fue magistral el camino que realiza, como una especie de estampida de capítulos que lo marcaron. Y que muy probablemente sea la historia de muchos de los que presenciaron ese espectáculo.

La primera imagen ya es una declaración de intenciones, con Bad Bunny recorriendo una plantación de caña, acompañado de campesinos que llevan la pava, el sombrero de palma típico de los jíbaros del norte de Puerto Rico.

De allí, emerge de la plantación y se adentra en un espacio urbano, identificado por variados carritos de comida callejera o ambulante, con venta de coco frío, raspados o piraguas y tacos. Mientras camina, el cantante se encuentra con gente jugando dominó, una joven que arregla las uñas, un señor que compra oro y plata, y dos púgiles boxeando.

Quizá el elemento central se resume en una sola frase, el cantante dice: “lo único más poderoso que el odio es el amor” y simultáneamente una pareja contrae matrimonio en el escenario para sellar con broche de oro ese enunciado.

Varias han sido las reacciones ante esta presentación, que solo tenía un diagnóstico de fatuo y banal pero que se convirtió en un acto de protesta, como ningún otro en el evento deportivo más visto por los estadunidenses.

No cabe duda que todos hacemos política, incluso a través de formas insospechadas. Lo del cantante puertorriqueño deja un aire de refrescante venganza, sobre aquellos que desean minimizar nuestra raíz y herencia cultural. 

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