Tarde o temprano tenía que llegar la fecha en donde los partidos aliados a la cuarta transformación, tomarían su propio camino; y al parecer, ese plazo está muy cerca de concretarse justo en el momento en donde se cuestiona la figura de los diputados plurinominales.
Hay que recordar que la presidenta de México, la doctora Claudia Sheinbaum, promovió hace unos días una modificación a la ley electoral, en donde se incluye un mecanismo de elección distinto a los denominados diputados “pluris”.
Esa dádiva del sistema electoral, donde se reparten por partido político 200 lugares en la Cámara de Diputados y 32 en la de Senadores, para que esos espacios mantengan una diversidad política que alimente debates y fomente los acuerdos políticos con distintas fuerzas.
Los plurinominales materializaron la pluralidad del país durante algún tiempo, porque era la única forma para acceder a esas soberanías. Pero una vez que el sistema se hizo más competitivo y que los partidos podían ganar posiciones de mayoría, sirvieron para otros fines.
Entro los más destacados, es que los diputados de representación se convirtieron en moneda de cambio, que las élites partidistas tenían a su disposición para negociar con grupos y sectores de diversa índole.
Aquellos acuerdos muy alejados de la idea primaria de hacer más accesible la incorporación de distintas voces a las representaciones, se esfumó rápidamente. Pudo más el pragmatismo político que los esquemas de representación.
Gracias a estas dádivas, conocimos historias –algunas vergonzosas–, de diputados que participaron en varias legislaturas sin jamás pasar por el escrutinio popular. Es decir, sin ganar una elección que les hiciera corresponsables de su electorado.
Esto se hizo regla y partidos pequeños encontraron una cómoda vía para tener representación sin tanto problema. Al cabo del tiempo, aquella representación fue creciendo y el sistema ahora permite condiciones distintas de las que hicieron posible los diputados plurinominales.
No obstante, ahora parece que los partidos no están dispuestos a ceder ese coto de poder. No quieren someterse a las urnas, porque eso implica cierta incertidumbre que no están dispuestos a correr.
Aunque la reforma propuesta tiene otras aristas, todo parece indicar que fue justo aquí en donde los partidos aliados a Morena, no quisieron avanzar. Todavía falta la formalidad del proceso legislativo, pero por anticipado hay voces que ya le ponen fecha de caducidad a la alianza gobernante.
Al igual que pasó en aquel régimen priísta, las rupturas internas podrían debilitar a Morena e iniciar una etapa de reacomodos legislativos que se pueden traducir en un congreso donde no exista una mayoría per se.
Ante ésta que parece la primera prueba de fuego del oficialismo, vamos a ver qué tan sólidos son los acuerdos rumbo al proceso electoral de 2027.
