Desde hace algunos meses la presencia del magnate mexicano, dueño de Televisión Azteca, ha cobrado mucha relevancia. Lo anterior, derivado de un entusiasmo desbordado (y aparentemente nuevo), de participar en los asuntos públicos del país.
El músculo ciudadano del también dueño de Elektra (tienda departamental que vende sus productos a facilidades), tiene su punto neurálgico en el momento en que fue conminado por las autoridades a pagar una deuda millonaria que se acumuló por la falta de pago en sus impuestos.
Derivado de aquel capítulo en sus finanzas, el voraz empresario también dueño de TotalPlay (empresa de telecomunicaciones que ofrece servicios de internet, televisión de paga y telefonía), experimentó una especie de metamorfosis que lo convirtió en un ciudadano modelo, que desea cambiar el rumbo de México a través de su candidatura a la presidencia en el lejano 2030.
En consecuencia, el muy activo personaje acude con frecuencia a los Estados Unidos, para celebrar reuniones con la clase política de aquel país, que según él, son estratégicas para definir el nuevo rumbo de nuestra nación.
Uno pensaría que lo suyo es un capricho, por desgracia es muy socorrido entre la clase económica nacional, el hacerse del poder político para tener un combo de posibilidades ilimitadas. Es decir, el dominio económico y político que les permita extender sus negocios, sin necesidad de que las autoridades pongan algún tipo de barrera.
Pues dentro de esa lógica, el también vendedor de motocicletas Italika, que dominan el 70% del mercado, emprendió una ambiciosa campaña para defender un simple ideario que se resume en el lema: “vida, propiedad y libertad”.
Según Salinas Pliego: “estos deberían ser los pilares de nuestro país, abogando por un México libre de delincuencia, corrupción y con mayor responsabilidad individual, donde la gente emprenda y no dependa del gobierno, inspirando a la innovación y el esfuerzo personal para alcanzar la prosperidad y la felicidad”.
Resulta muy confuso cómo una persona de esta naturaleza pretenda realizar un viraje en la vida pública sin antes haber correspondido con un poco de integridad cívica al pagar los impuestos que corresponden como todo empresario.
Más allá de eso, con actitudes desafiantes al gobierno actual demostrando que lo suyo es una réplica de modelos conocidos como antisistema para llamar la atención y generar algo de curiosidad en su línea retórica confrontativa.
También decir que su estrategia de alabanza y elogio hacia la cultura anglosajona no es muy buena carta de presentación. Su cercanía ideológica con Trump no le suma sino le resta en términos de identificación con un posible electorado nacional que ve con impotencia el maltrato y persecución de migrantes en el país de las barras y las estrellas.
De tal manera que se antoja complicado el escenario para el muy ambicioso empresario, que hizo su patrimonio en un régimen priísta caracterizado por la corrupción y el pago de favores. No hay que olvidar el asalto a canal 40 (hoy ADN40) en el Cerro del Chiquihuite en 2003 para hacerse de su transmisión a través de una argucia legal, del supuesto préstamo de recursos a Raúl Salinas de Gortari en 1994, por un monto de 48 millones de dólares, que entre varios empresarios le dieron al hermano del presidente no se sabe con qué finalidad.
Pero lo que es sorprendente es que ahora se trate de inventar una percepción de erudito en historia. Por error y después por curiosidad, una noche encendí el televisor y encontré una “entrevista” que le realizó Juan Miguel Zunzunegui a Ricardo Salinas Pliego.
El ejercicio de simulación era muy evidente, preguntas a modo, temas estudiados previamente, un escenario hecho para que el empresario se luciera. Ahí es posible encontrar a un tipo equilibrado y muy bien formado en historia que hablaba de la Revolución de la Libertad. Algo muy alejado de su verdadera esencia de empresario sagaz buscando solamente saciar sus ambiciones personales.
