Hace 59 años, la Ciudad de México vivió una de las postales más insólitas de su historia. En la madrugada del miércoles 11 de enero de 1967, una intensa masa de aire polar ingresó al país y provocó una nevada que cubrió gran parte del Valle de México con una capa blanca, suave y silenciosa.

Aunque días antes el Servicio Meteorológico Nacional había advertido la llegada de un frente frío acompañado por aire polar —y la posibilidad de nieve—, la noticia pasó casi desapercibida en los periódicos. La probabilidad parecía remota. Sin embargo, a partir de la 1:00 de la mañana, la nieve comenzó a caer primero en las zonas más altas, como San Ángel, y avanzó lentamente hacia áreas cada vez más céntricas.

Para las 5:00 de la mañana, más de cinco centímetros de nieve cubrían sitios emblemáticos como Paseo de la Reforma, el Bosque de Chapultepec, el Monumento a la Revolución y el Zócalo capitalino. El fenómeno alcanzó también zonas alejadas del centro, como Ciudad Satélite. La temperatura descendió hasta los –4 grados centígrados, una marca excepcional para la capital.

La sorpresa dio paso tanto al asombro como a la emergencia. El peso de la nieve provocó inundaciones, entre ellas la del Río de los Remedios; numerosas viviendas perdieron el techo y las principales carreteras quedaron bloqueadas, dejando vehículos varados. Las condiciones extremas derivaron en casos de hipotermia que cobraron la vida de varias personas.

Ante la situación, las autoridades desplegaron ayuda de inmediato. Se repartieron mantas en el Zócalo y en las zonas más afectadas, mientras se suspendieron las clases y muchos centros de trabajo optaron por no operar ese día.

Aun así, la ciudad también vivió momentos de alegría colectiva. Miles de capitalinos salieron a las calles para hacer muñecos de nieve, lanzar bolas y fotografiar una escena que parecía imposible. Muchos sabían que estaban presenciando algo irrepetible.

La nevada de 1967 quedó grabada en la memoria de la ciudad como un recordatorio de que, incluso en una metrópoli acostumbrada al clima templado, la naturaleza puede sorprender. Aquella mañana, la Ciudad de México amaneció blanca… y la historia cambió de color por un día.

El saldo de la nevada

Aunque breve, el evento dejó consecuencias importantes. Crónicas de la época reportaron personas fallecidas por hipotermia, principalmente en sectores vulnerables; cientos de viviendas dañadas, sobre todo por el colapso de techos ligeros; carreteras bloqueadas y decenas de vehículos varados en accesos al Valle de México. Las clases fueron suspendidas y la actividad económica se paralizó prácticamente durante toda la jornada. Si bien no se trató de una catástrofe de gran escala, sí fue uno de los episodios invernales más severos registrados en la capital durante el siglo XX.

¿Y qué pasó en el Valle de Tulancingo?

Aunque no existe un registro oficial que confirme una nevada documentada en Tulancingo ese 11 de enero de 1967, la región sí resintió con fuerza el mismo episodio de aire polar. Por su mayor altitud, su clima naturalmente más frío y su cercanía con el Valle de México, el Valle de Tulancingo experimentó heladas severas, temperaturas bajo cero y afectaciones en caminos y actividades rurales. Para muchos habitantes, aquel invierno quedó marcado como uno de los más fríos del siglo, más por la crudeza del frío que por una postal blanca.

¿Podría volver a suceder?

Para que un fenómeno similar ocurra nuevamente en esta década tendrían que coincidir condiciones poco frecuentes: la entrada de una masa de aire polar excepcionalmente intensa, humedad suficiente en la atmósfera y temperaturas bajo cero sostenidas durante varias horas.

Aunque el cambio climático ha elevado la temperatura promedio, también ha incrementado la variabilidad y los eventos extremos, lo que hace que episodios de frío intenso no sean imposibles, sino cada vez más erráticos. De repetirse hoy, una nevada en la CDMX y su región metropolitana provocaría afectaciones mayores: colapso vial, suspensión masiva de actividades, daños a infraestructura y riesgos para poblaciones vulnerables, además de una imagen histórica difícil de repetir.

La nevada de 1967 permanece como una advertencia silenciosa: incluso los fenómenos que parecen imposibles pueden regresar cuando la atmósfera decide alinearse.

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