En la nota titulada “Guerra en Medio Oriente: dilema para México”, publicada en este mismo espacio de opinión el pasado viernes 6, anticipábamos que el dilema radicaba en que por un lado, el país obtendría mayores ingresos por la venta de petróleo crudo, pero que estos serían utilizados para contener los efectos negativos de la importación de combustibles más caros.
Hoy, apenas 21 días después, esa lectura comienza a materializarse. La escalada en los precios del petróleo, derivada del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, ha impactado directamente el flujo del 20% del petróleo mundial.
Ante este escenario y para contener el alza en los combustibles, el gobierno mexicano activó descuentos al IEPS que se cobra a las gasolinas y al diésel, con el objetivo de minimizar el impacto inmediato en los consumidores.
En términos concretos, el precio promedio del diésel a nivel nacional se ubica en 28.5 pesos por litro; sin el subsidio, su precio rondaría los 33 pesos por litro.
En el caso de la gasolina Magna, además del subsidio, el gobierno estableció un acuerdo con empresarios del sector gasolinero para mantener el precio por debajo de los 24 pesos por litro. Actualmente, el promedio nacional es de 23.68 pesos, pero sin estos mecanismos, el precio estaría alrededor de los 25.29 pesos por litro.
Por su parte, la gasolina Premium registra un precio promedio nacional de 27.7 pesos por litro, y sin estos apoyos superaría los 28 pesos por litro.
Estos datos corresponden a cifras “oficiales” reportadas al gobierno federal. Sin embargo, la situación se complica cuando estos precios no se respetan en la práctica, llegando incluso a reportarse costos de hasta 29.50 pesos por litro, como lo ha señalado la propia presidenta de la República.
Esto agrava el panorama y abre nuevas preguntas: ¿cuánto tiempo podrá el gobierno federal sostener estos subsidios? Cabe recordar que apoyar el precio de los combustibles, implica menores ingresos fiscales.
Y aún más preocupante: cada vez resulta más difícil evitar que estos incrementos se trasladen al resto de la economía. Ya lo estamos viendo en los precios de alimentos, mercancías y servicios, con productos como el jitomate, el pollo, el transporte aéreo y la electricidad al alza.
