Con el inicio de la Semana Mayor, parece un momento de reflexión, entre las que destacan el proceso de Jesucristo, cuestión de la cual ya hemos referido en columnas anteriores.

Fue un proceso injusto e ilícito que condenó a un inocente por miedo a una respuesta social, y ante el temor de las represalias sociales, sabiendo de la injusticia y quien debía hacer justicia, se lavó las manos.

Quienes vieron la injusticia y la permitieron, negaron la propia verdad y se arrepintieron. Pero más allá de cuestiones religiosas o morales, lo cierto es que dicho proceso no generó ni paz ni justicia, por el contrario, propició conflictos a lo largo de la historia.

Pareciera que la justicia no solo no se olvida, sino que poco a poco recobra su cauce aún con más fuerza.

Hoy, se recuerda ese proceso como muchos otros en la historia, como una de las mayores injusticias vividas y ello no es cosa del pasado, basta recordar incluso los procesos previos a esta reforma penal.

No obstante, en los procesos actuales y las criticas tanto al sistema como a sus operadores, parecen no distar de aquellas injusticias, porque esta no se logra ni con el acuerdo de un grupo de personas ni con el silencio de una crítica fundamentada.

Solo lo correcto puede apaciguar el llamado de justicia de la sociedad, como hemos observado a lo largo de la historia con las presiones sociales, donde se ha pretendido cumplir con el mandato de lo justo, obteniendo solamente mayores injusticias.

A veces, es más difícil ser justo cuando ello es impopular, pero solo ante esas decisiones se demuestra que un Estado y sus operadores, tienen el honor de llamarse jueces. Quienes no tienen ese valor, pareciera que poco o nada sirve el título, puesto que esas decisiones son las que impregnan de justicia a una sociedad.

jfernandoge1@gmail.com

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