En los últimos meses, la idea de intervencionismo en naciones de manera directa o indirecta, ha tomado gran auge en el esquema mundial, cuestión de gran preocupación no solo para la paz, sino para el respeto a los derechos humanos.
Se han escuchado diversos discursos que han justificado acciones ilícitas, injustas y contrarias al derecho internacional público, en pro de la paz y de una garantía de seguridad. Incluso la amenaza contra Groenlandia, se sustenta en la necesidad de un país de controlar una isla para poderla proteger.
Lo anterior me parece gravísimo no solamente por la discriminación y el menosprecio hacia diversos países, a los cuales se ha señalado de la imposibilidad no solo para resolver sus problemas sino para organizar y gobernar a sus propios países.
Mismos pretextos que en años anteriores, fueron ocupados no solo para el colonialismo sino posteriormente para el neocolonialismo y que dieron como consecuencia, la violación sistemática a derechos humanos.
El camino por el cual se pretende transitar a lo que pudiera ser un nuevo orden mundial, parece ser una encrucijada no solo difícil sino bárbara en términos del más fuerte, puesto que aquello que se pretendía era un trayecto hacia un entendimiento internacional, que privilegiara no solo el dialogo sino los derechos humanos de las personas.
En cambio, la intromisión de las naciones era una tendencia menor mientras que las sanciones y las cortes internacionales, crecían con el compromiso de que la justicia fuera hecha por tribunales.
No obstante, hoy parece que la tendencia implica alejarse de los tribunales internacionales; así como de las instituciones internacionales.
Sin embargo, las intromisiones y las decisiones unilaterales sobre diversos países nunca han concluido ni con paz ni progreso en cambio han generado descontento y violaciones sistemáticas a derechos humanos.
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