El 05 de mayo de 1989 se creó, después de una coyuntura política muy peculiar, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), en México. Esta integración, donde convergieron grupos diversos, es quizá el primer gran esfuerzo de la izquierda nacional, por competir con un régimen autoritario en la década de los noventa.

Para los especialistas en la materia, este partido marcó un antes y un después en la escena nacional, justo cuando los espacios para discernir eran limitados. Y más, cuando el salinismo se presentó como una ventana de oportunidad para incorporarse al liberalismo político y económico. 

La élite sucumbió ante estas mieles y pronto el partido del sol azteca, ganó espacio ante un nicho de quienes se oponían al gobierno. Su crecimiento, por tanto, se advierte con una postura contraria al régimen salinista.

Fue hasta 1997 cuando este instituto logró su primer gran triunfo electoral, con la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal (hoy Ciudad de México) en 1997, con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato. Esta victoria fue considerada histórica al ser la primera vez que la oposición ganaba la capital del país, marcando un hito en la transición democrática de México.

De ahí siguieron otros triunfos como el de Zacatecas con Ricardo Monreal, en 1998; Michoacán con gobernadores como Lázaro Cárdenas Batel y Leonel Godoy, perdiéndolo en 2021; Guerrero con Ángel Aguirre Rivero y Rogelio Ortega (interino); Tabasco con Arturo Núñez Jiménez; Morelos bajo el mandato de Graco Ramírez; Baja California Sur y Tlaxcala en 1999 con Leonel Cota Montaño y Alfonso Sánchez Anaya, respectivamente, y Nayarit con Antonio Echevarría Domínguez, en alianza.

Próximo a cumplir 37 años de existencia, el PRD atraviesa por una fuerte crisis de identidad. Su reciente política de alianzas con sus anteriores adversarios (PRI y PAN), le restó sustancia ideológica y marcó el principio del fin.   

Ahora, por desgracia, el partido más combatiente de los noventa, se encuentra en una lucha constante por no perder su registro nacional, que limitaría su presencia a nivel local donde mantiene cierta presencia aislada.

No debería de darle gusto a nadie la decadencia de aquel partido que formó a una generación de políticos antisistema, pero hay que decir que mucho de ese capital humano encontró refugio en el partido Morena y en otros partidos.

Y esa metamorfosis también le trajo problemas a los perredistas de cepa, que tuvieron que cambiar bandera para subsistir en el panorama político. Pensando en un escenario posible y probable ese partido tendría sus días contados y vale la pena sacar algunas conclusiones.

Quizá la más compleja tiene relación con sus conflictos internos, los cuales marcaron una constante en su vida institucional. De esa indisciplina nació el concepto de tribus, para enunciar la falta de dirección y uniformidad de criterios.

Pero también, hay que decirlo, algunos de sus gobiernos no fueron afortunados. También se conocieron casos de corrupción, excesos y malos manejos dentro de sus prácticas, lo que abonó a su desgaste y futuro incierto.

Todo lo anterior viene a cuenta porque el partido Morena parece que no aprendió nada de esta lección. Reproduce con mayor intensidad los problemas de su némesis y sería fatal que le depare el mismo destino.

Ojalá se tomen las medidas pertinentes, para que los partidos de izquierda tengan mejor suerte primero para tener larga vida, segundo para estar dentro de la memoria y la gracia de los electores y tercero para demostrar que también saben gobernar.

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