Una vez que se llevó a cabo el primer debate presidencial en México en este 2024, lo que viene a continuación son las múltiples lecturas que se construyen de aquel ejercicio de intercambio de propuestas.

Vale la pena subrayar, que lo primero que ocurre una vez concluida la participación de los candidatos que en este caso fueron: Claudia Sheinbaum, Xóchitl Gálvez, Jorge Álvarez Máynez es que cada uno se declara vencedor.

Esta estrategia es parte del libreto que deben de seguir los competidores. Lo anterior, ocurre por una sencilla razón. Es relativamente sencillo justificar los desaciertos y exaltar los aciertos. Por ejemplo, al que ataca al contrincante, siempre le dirán que no tiene propuesta y por eso tiene que utilizar los señalamientos personales.

Al contrario, si un participante no confronta, le dirán que no tiene capacidad de argumentar y que solo se constriñe en propuestas, que pueden ser menos atractivas para un público no conocedor de la materia.    

En fin, hay múltiples maneras de analizar estos ejercicios y quizá por ello, son tan atractivos para un sistema democrático. Porque aun con sus deficiencias, se puede ver claramente la capacidad de respuesta, la improvisación, la gesticulación, la comunicación no verbal de los candidatos, entre otros.

Diría para cerrar esta reflexión, que uno ve el debate que quiere ver. Si las simpatías están definidas por un candidato, será casi imposible que después de este ejercicio cambiemos nuestra preferencia. En todo caso, justificamos su actuación (para bien o para mal).

De tal manera que la pregunta obligada es ¿a qué públicos están dirigidos los debates? La respuesta es casi unánime, a los indecisos. Aquellos que pueden encontrar una cualidad que no habían visto antes en un candidato o candidata. Aquí también caben una infinidad de aristas. La seguridad de la argumentación, la presencia, la forma de hablar, en fin. Cualidades más a la vista que al análisis del contenido.

Cualquiera de las anteriores manda una constante. Estos ejercicios están hechos para sectores específicos de la población, los más informados y politizados. Por tanto, uno de los retos para los participantes es en principio congratularse con su público; y después, tratar de ganar algunos adeptos.   

De esta manera, los debates pueden ser interpretados por muchos ángulos. Pero en realidad, los especialistas le apuestan a la discusión postdebate. Es decir, a toda la narrativa que deja la experiencia de compartir puntos de vista con los adversarios políticos.

De ahí se desprenden momentos legendarios, como la vez que un participante sucumbió a la belleza física de una presentadora, el descuido de quien mostró una gráfica al revés, el desatino de quien dejó caer un material, el efecto visual de quien llevó un artículo peculiar al debate o aquel muy curioso que representó el acercamiento desmedido de un candidato a otro en tono provocativo. 

En suma, los debates son parte de nuestra tradición democrática. Y aún con sus inconsistencias viene a decorar el panorama democrático nacional. Enhorabuena por los que vieron el primer debate presidencial de este año y tienen su propia lectura del mismo.

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