54 años

Se cumplió otro aniversario de aquella fecha obscura en la historia reciente del país. Me refiero al 02 de octubre de aquel inolvidable 1968. A más de medio siglo de distancia, es difícil abonar elementos nuevos a ese trágico evento.

Pero lo increíble es que a pesar del tiempo transcurrido, lo que no parece morir es ese afán de justicia y de conocer a detalle, los elementos que se accionaron para que un grupo de personas dispararán contra los jóvenes estudiantes.

Todavía nos cuesta trabajo encontrar las explicaciones, pero el tiempo nos ha permitido conocer las consecuencias. Lo que tenemos ahora es la plena certeza de que el sistema político, se tambaleó a tal nivel que muchos especialistas sitúan ahí el inicio de la transición política en México.

Al menos, se puede decir que a partir de esos eventos, se incentivaron espacios de participación ciudadana, reclamos de grupos que hicieron posible la consolidación de partidos políticos de izquierda, la formación de algunos extremistas que optaron por la guerrilla, la base de la llamada sociedad civil.

Pero también hay que decir que ese sistema anacrónico de mitad del siglo XX tuvo su símil en 2014, con la desaparición de 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa. Ese nuevo golpe, nos vuelve a poner sobre la mesa el nivel de complicidad entre las autoridades y grupos al margen de la ley.  

Eso que pensamos imposible de repetir aconteció -con sus bemoles– en los albores del siglo XXI cuando estábamos seguros de los contrapesos y el papel activo de diversos sectores. Entre ellos, los defensores de derechos humanos.

La conclusión, es que el sistema social todavía tiene espacios por los que se cuelan los sectores informales. Las inercias nos llevan a un extraño escenario, donde se confunden el crimen organizado y los tomadores de decisiones.

Bajo esta premisa, es necesario volver a sentar las bases del proyecto de país. Lo anterior, para estrechar el margen de lo inexplicable, para nunca más tengamos los enredos de no conocer a los responsables de los hechos violentos en el país.

Podemos realizar las políticas públicas que corresponden, pero si no conocemos las entrañas de lo que ocurre con los grupos delictivos difícilmente podremos encontrar soluciones.

Es muy frustrante tener eventos similares con un margen de tiempo relativamente estrecho. Su análisis nos hace reconocer que las bases institucionales siguen siendo endebles y que falta mucho por hacer.

Lo que debemos de hacer es no perder la memoria. Eso que parece desgastante de volver una y otra vez al tema no hace repensar las cosas, entenderlas de diversa manera, deconstruir aquello que amerita miles de lecturas.

Por eso, este país requiere explicaciones, porque los espacios en blanco son amplios y las preguntas siguen sueltas.

Se mantienen esas cavidades obscuras, aquí siguen los huecos, las heridas aún se pueden ver. Es necesario, por tanto, no olvidar y ser muy tercos en esclarecer los hechos que nos han lastimado por años.

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