Esta semana de manera informal en un mitin en Toluca; y el jueves a través de un comunicado de su dirigencia, Morena convoca a militantes y simpatizantes a participar en la renovación de sus órganos directivos.

Lo anterior no tendría tanta importancia sino fuera por dos razones. La primera es que se trata del partido político más ganador desde que participa en la escena política nacional; y segundo, porque desde hace mucho tiempo, no ha celebrado reuniones de consejo político que permitan oxigenar a sus cuadros internos.

En una paradoja que cuesta trabajo explicar. Este partido político es muy frágil en su estructura institucional y a pesar de ello, es la opción política más triunfadora en las urnas. Los teóricos se cuestionan ¿Cómo es posible que los guindas no tienen dirigencias formales y a pesar de ello, siguen ganando comicios? ¿Cómo el desorden interno no se traduce en fracaso sino en éxito electoral?

La respuesta es relativamente sencilla, el electorado asume que Morena es lo mismo que López Obrador. La elevada aprobación del presidente en el ejercicio del poder, permea en una imagen positiva del partido. Y con ello, es posible competir con mucha ventaja en las urnas.

No obstante, la ecuación no es tan conveniente porque en dos años, López Obrador dejará de ser presidente y el partido tiene que asumir su propia vida sin aquel liderazgo avasallante. Por tanto, es hora de poner orden dentro de la casa morenista.

Bajo este postulado, la actual dirigencia nacional convoca a una renovación total. Es decir, todas las entidades federativas vivirán procesos internos que presumiblemente permitirán llegar al próximo compromiso electoral más fortalecidos.

Hay que recordar que en un año hay una cita en las urnas en los estados de Coahuila y Estado de México, los últimos dos bastiones del PRI en el país. Por tanto, Morena pretende asear sus estructuras para llegar a dicho compromiso con altas posibilidades de ganar.

Y por supuesto, tener el menor desgaste interno a la hora de designar al sucesor de la cuarta transformación en 2024, cuando el gobierno de AMLO concluya con su responsabilidad. Esas son buenas razones y parece pertinente la medida que sugiere Mario Delgado Carrillo, desde el Comité Nacional de Morena.

No obstante, el posible escenario previsto dista mucho de ser terso. Las huestes del movimiento arrastran males que vienen de lejos. La división al interior ha sido la constante aunado al dogma mal entendido y el fanatismo desmesurado.

Por ejemplo, en ese partido hay un conflicto latente entre fundadores que se asumen como amos y señores del movimiento vs los recién llegados que se formaron en otras trincheras (puros contra impuros, les suelen decir). Esa dicotomía se expresa en una lucha intestina por cargos y encargos.

Esa confrontación puede ser su perdición o quizá su fortaleza si se sabe canalizar correctamente. Reconciliar estos grupos es el gran reto. Hay dos alternativas, o el sentido pragmático se impone (“hay mucho pastel por repartir”) y todos se ponen de acuerdo por pura conveniencia; o bien, se estacionan en un eterno conflicto de “tribus” (léase catástrofe perredista) para terminar anulándose unos con otros.

Lo cierto es que veremos nuevamente a los militantes y simpatizantes guindas haciendo campaña, ahora al interior de su propia casa. Tal parece que alguien entendió muy bien los nuevos tiempos y sabe que un partido político tiene que estar en un constantemente proceso de reinvención.

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