Por Arturo Jauveth Hernández

En los últimos días han acontecido eventos que ejemplifican lo normalizado que tiene la sociedad mexicana el ejercicio de la violencia.
El pasado fin de semana, en el Estadio Corregidora de Querétaro, estalló una trifulca entre los asistentes a un evento deportivo, donde los integrantes del grupo denominado “barras brava” agredieron brutalmente a los aficionados del equipo visitante. Las cifras oficiales de fenecidos aún no han sido reveladas por las autoridades queretanas, pero se hablan de más de quince muertos
Tres días después, en el marco de la conmemoración del día internacional de la mujer, en varios lugares del país se registraron violentas manifestaciones llevadas acabo por colectivos del feminismo radical, en las que dichos colectivos vandalizaron espacios públicos, agredieron impunemente a decenas de mujeres policías y profirieron discursos de odio en contra del género masculino.
En primera instancia parecerían dos hechos aislados y diferentes, pero en esencia pasan a ser exactamente lo mismo: ejercicios de violencia como método de respuesta, algo que se ha tornado tan cotidiano en el accionar de la sociedad mexicana, que durante tantos años de degradación moral y falta de Estado de Derecho, concibe a la violencia como una genuina manifestación de descontento. Para los barras brava de Querétaro, resultó legítimo atentar contra la vida de los aficionados del equipo visitante, tras su enfado y frustración por motivos futbolísticos.
En el caso de los colectivos feministas, estos cuentan con el escudo moral que les otorgan el presentar sus actos deleznables como acciones de justicia social y en contra de la violencia hacia la mujer; pero esto último se les olvida cuando una de ellas porta un uniforme de policía. La violencia se ha normalizado, y se puede notar tanto en un partido de fútbol como en una manifestación social.
Relativizar la violencia y justificarla mediante falacias de falsa equivalencia (como hace el feminismo), no habla de una sociedad sana. México tiene que recuperar su Estado de Derecho y formar a su población con valores que propicien la paz, de otra manera será imposible salir de la espiral de barbarie en que estamos inmersos

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