Confesiones extrañas

Hace unos días una nota periodística desató la ira del presidente de México. Como pocas veces se le ha visto, Andrés Manuel López Obrador, levantó la voz para defender su postura y asegurar que su hijo es producto de una nueva andanada en su contra. 

Hay que recordar que algunos medios dieron a conocer que José Ramón López Beltrán, rentaba una casa en Houston donde vivía con su esposa. No obstante, dicho inmueble es propiedad de una empresa que ha sido “beneficiada con contratos de PEMEX”, lo cual puede constituir un conflicto de intereses.

Esta trama involucra principalmente a Carolyn Adams, nuera de Andrés Manuel López Obrador y Keith L. Schilling. Ella, esposa del hijo mayor del presidente y él contratista favorecido en esta administración.

Schilling, es un alto ejecutivo en Baker Hughes, empresa que tiene contratos vigentes con el gobierno de López Obrador por más de 151 millones de dólares en obras para Pemex y que además, hoy vende compresores y turbinas para la nueva refinería de Dos Bocas.

Por su parte, Adams ha trabajado en los últimos años en empresas vinculadas con la industria petrolera. En México, estuvo participando en la reforma energética impulsada en el sexenio de Enrique Peña Nieto.

De tal manera que hay una serie de “malos entendidos” y de cuestiones que bien vale la pena investigar con profundidad. Pero también, hay que decir que la reacción del presidente ante estos supuestos no fue la más atinada.

Es cierto que AMLO tiene una extraordinaria capacidad para salir ileso de estos menesteres. Quizá porque es real su compromiso con la austeridad y su comportamiento intachable. Pero también es cierto, que dentro de su círculo cercano las cosas se han salido de control.

En esta ocasión, el presidente consideró pertinente cuestionar a los que iniciaron dicha investigación. Los cuestionó sobre su forma de hacer periodismo y sobre los intereses que representan.

No obstante la reacción de los medios se centró en alimentar un debate sobre la violación a la libertad de expresión. Es decir, hacer pasar al presidente como intolerante a la crítica. La estrategia del titular del ejecutivo federal fue hacer pública una lista de percepciones que recibe el comunicador Carlos Loret de Mola en diversos medios.   

Ambas medidas son poco afortunadas. La cantaleta de la libertad de expresión es cada vez más efímera. Con todos sus bemoles, sabemos que el escenario de hoy dista mucho de lo que ocurría con los medios en un pasado reciente.

Hoy es menos complicado discernir con el poder, opinar, escribir y ejercer la profesión. Pero también es cierto, que muchos compañeros han dejado la vida en el camino. La impunidad alcanza este gremio y lo hace cada vez con mayor margen de maniobra. Hay que trabajar en este particular. Ningún periodista más debe ser víctima de hostigamiento, persecución ni asesinato.   

Pero también, es este nuevo escenario ninguno debe sentirse ofendido por hacer públicas sus percepciones. Esto es de ida y de vuelta. Que la vida pública sea cada vez más pública sin privilegiados ni consentidos.

El presidente está en su derecho de tratar de contrarrestar las campañas en medios que pueden parecer maliciosas y los medios pueden contraatacar. Eso es libertad de expresión que resulta básica en democracia. 

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