La caída del paradigma democrático

El sistema electoral norteamericano se encuentra en la mira. Su aplicación y múltiples recovecos dejan mucho terreno a la especulación. Al menos eso se puede deducir después de ver que la elección presidencial no arroja un resultado final a dos días de su conclusión. Y no solo eso, las voces que expresan la existencia de un fraude electoral tienen eco en las entrañas de un importante sector de la población.

Hay que recordar que estamos ante un ejercicio comicial sin precedente por varias razones. Una de ellas es el considerable nivel de participación ciudadana y la otra, es la posibilidad de votar por anticipado en varios estados de la unión americana. Estos dos elementos hicieron que el cómputo de los sufragios fuera lento a juicio de los que quisieran resultados inmediatos que ayuden a disipar la especulación sobre el candidato triunfador.

Como revestimiento de lo anterior, hay que decir que cada estado tiene su propia legislación electoral. Inclusive, algunas entidades consideraron conveniente iniciar el conteo de los votos por correo una vez concluida la jornada electoral. Por tanto, el retraso de ese procedimiento ha tenido en ascuas a la nación entera.

Estas cuestiones de forma y fondo ponen de manifiesto que el sistema democrático en Estados Unidos resulta anticuado. Porque al parecer, aquel país que se ostenta como una potencia económica, tecnológica y educativa no es capaz de dar certeza a los resultados de la elección presidencial.

No solo eso, conforme pasa el tiempo las inconsistencias en el proceso parecen crecer. Uno de los elementos más utilizados son las tendencias que se fueron construyendo a lo largo de los últimos meses.

Los encuestadores (casi todos), daban una amplia ventaja al abanderado demócrata. Algunos, inclusive, posicionaron a Baiden diez puntos arriba de Trump. Ante la repetición de ese escenario todo parecía indicar que los resultados correrían en el mismo sentido.

No obstante, como ocurrió en 2016, la base electoral de Trump fue subestimada. Los simpatizantes del magnate parecen muy escurridizos con los ejercicios demoscópicos porque no expresan su preferencia en las encuestas, pero el día de la elección salieron a votar a favor del actual presidente buscando su reelección.

Esto confundió a los expertos quienes tuvieron dos escenarios muy distintos el mismo día. Por principio de cuentas parecía inminente la reelección, pero una vez que avanzó la noche la ventaja se hizo estrecha tanto que fue mejor la cautela.

Ante esto, es inminente el triunfo del candidato demócrata. Lo interesante ahora es conocer la reacción del presidente, quien tiene a la corte de su lado y a los sectores más beligerantes como fieles seguidores.

Es difícil imaginar al presidente Trump como buen perdedor. Su discurso y su actitud están lejos de la humildad de reconocer la derrota electoral. Por eso, está en duda la fortaleza democrática de los Estados Unidos.

Hace cuatro años parecía imposible que aquel empresario tomara protesta como presidente. Lo hizo a pesar de la animadversión de varios sectores de la población. Ahora parece muy difícil que salga de la Casa Blanca con la gallardía de quien obedece la ley y mantiene un comportamiento institucional.

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